Exceso de velocidad Enviado el La se al a la entrada del pueblo marcaba los preceptivos 50 kilómetros a la hora, pero Gonzalo no levantó una micra el pie del acelerador. De hecho, se dio el gusto de apretar un poco más en la recta, despejada como un cielo de marzo. Trabajaba en un banco y para lo único que le servía su título de abogado era para recurrir multas. Alguna vez pensó ganarse la vida con ello, porque de nueve había ganado siete, pero prefirió no abandonar la seguridad del banco por los caprichosos vaivenes de la empresa privada.
En cuanto salió del pueblo echó un vistazo al lugar donde solía ocultarse la patrulla de tráfico, y al ver que no había nadie dio rienda suelta a los centenares de caballos de su BMW. Si se fabricaban coches tan potentes no era precisamente para tenerlos luego controlados, atados en corto. Para eso era mejor comprarse una "cirila" o ir en bicicleta. Los que creen en la contención de las posibilidades es porque nunca las han tenido, porque son unos muertos de hambre o unos gazmo os.
Además, seguro que Cristina estaba esperándolo.
Miró el reloj y pensó que por la hora era probable que ya estuviera en la cama. La había llamado al salir de Benavente, pero no cogió el teléfono. De todos modos seguro que estaba esperándolo, medio adormilada, con aquel simulacro de camisón que la desnudaba más que la cubría, con el pelo suelto...
¡Mejor no pensar en ello! Tenía que conseguir pensar en otra cosa, en algo que lo mantuviera frío hasta que llegase el momento.
La piel suave y morena de Cristina se negaba a ceder terreno en su imaginación, pero tuvo que rendirse el fin ante la obstinación de Gonzalo, que llegó a poner la radio para desviar su imaginación.
Quedaban sólo treinta kilómetros, o sea, un cuarto de hora largo, teniendo en cuenta los semáforos de la ciudad. Era mejor pensar en otra cosa y esperar.
De todos modos, en doce minutos y medio estaba ya en el ascensor de su casa. Todo un record.
Abrió con cuidado la puerta, y se fue al dormitorio sin encender la luz. Enseguida notó algo raro, porque la habitación estaba demasiado fresca, demasiado vacía del inconfundible aroma de Cristina.
Acabó por encender la luz y comprobó que, efectivamente, no había nadie. Murmuró una blasfemia y arrastró su frustración hasta la salita, en busca del teléfono. Con el auricular en la mano y después de haber marcado cinco cifras, descubrió una breve nota:
"Eres un asqueroso egoísta. Ya estoy harta. Hasta las narices. Esto no podía seguir así. Me he marchado con alguien que no piensa sólo en él. No me busques, por favor."
Él no lo entendió, y no lo entiende todavía. Dice que son ventoleras que les dan a las mujeres y que es mejor no comerse la cabeza.
Aunque he preferido callarme para no hurgar en la herida, creo que yo lo entiendo perfectamente: el que acostumbra a incurrir en exceso de velocidad, suele hacerlo en TODAS partes.
Y así les va.
Got Mit Uns
Tema: Personas
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