Ignacio Buera, cuando yo lo conocí en 1947, era un simpático nonagenario, clarividente
y mordaz todavía. Era el decano de los periodistas aragoneses.
La Asociación de la Prensa tenía su sede en la calle San Miguel, esquina Blancas, en
unos bajos no muy amplios, pero que daban de si para varios despachos, una recepci
ón con mostrador y una salita que se empleaba para las tertulias que siempre se
organizaban al caer la tarde.
Buera no tenía parientes, vivía solo y prácticamente residía en los locales, sin dejarlos
más que para dormir en una pensión.
Todas las tardes llegaba con un paquetito en el que escondía una tartera en la que llevaba
la cena que le preparaban en la pensión y que consistía invariablemente en una
ración de albóndigas con tomate, pues su dentadura no le permitía hincarle el diente
a nada más sólido.
Un día nos llevó a mi padre y a mi aparte para confesarnos que llevaba un tiempo
observando que le desaparecía media ración.
Montamos una discreta vigilancia sobre la tartera hasta que pillamos a un meritorio
que en cuanto encontraba una ocasión atacaba la tartera y se tragaba cuatro o cinco
albóndigas.
Era un pobre muchacho que había venido de un periódico de otra provincia y que apenas
tenía dinero para comer.
Ignacio se compadeció del chico y a partir de aquel día venía a la asociación con dos
tarteras.