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LA ESPINA DE LA AMAPOLA
Una emocionante historia de intriga en los orígenes del nazismo

El retrato (Guignon)
Enviado el Personas
Levantado por un resorte: son dos manos renuentes que me sentaron a horcajadas entre la ojival abertura de mis piernas. El reloj luengo; de ébano, con un péndulo plateado, colgado en la pared de blanco holgada. Sumiso, apenas con dignidad, se apoya en el suelo con sus delicadas patitas de madera un pequeño escritorio marrón; sin tonalidad que dure un centímetro más allá de la percepción que un desconchado, un arañazo, una mancha de tinta reseca -del demonio epistolar de la traición-..., ¡sanguinolenta!, profiere al recuerdo... de esa mujer que abandonó a su Bovary, y presa de la ensoñación la vigilia, desata el tormento con la llegada del nuevo día en el pobre Werther -porque tan malo es ser un tonto médico rural sin talento, como un talentoso y fútil bohemio; pues por siempre te abandona el amor y te llega a un tiempo la muerte-...

Por un pequeño ventano de esa misma pared, entraba una luz filtrada por el sopor de la gasa anubarrada del estival amanecer; y yo con el temblor en la mejilla, sostuve el guiño que la pendiente fuera de la cuadratura del montante de mi ventano, ajusticiaba en mi ojo izquierdo. Pero la ventana interior de madera, no impedía que la sombra de una pequeña hilacha negruzca se conformara, trasladándose, lentamente, de la pared..., hasta -y ya con la convicción de que un alma atormentada trataba de provocarme-... superponerse en mi mejilla, obstaculizando el guiño; pues mi ojo se abrió procazmente hasta reflejarse en el espejo que sobre mi escritorio me dibujaba la cara: la sombra había conferido a la fantasmagórica y cetrina expresión de mi rostro, la vileza de una cicatriz supurando mi mejilla; y así permanecí inmóvil, aterrado; reclamando a la memoria que me descubriera su origen, sin deparar, en aquellos momentos de estupor, que fuera tan simple como explicar un juego de sombras...

Lloré amargamente por el recuerdo que me sobrevino. Me levanté, corrí, salí, giré con locura en toda dirección que a mi cabeza empeñó la cordura; por silencio la oscuridad... empero... un pequeño goteo sordo se sublimaba desde el sótano, como el vapor de la caldera escupiendo agua hirviendo; así se llenó mi rostro del sudor cerval que el miedo consigue esprimirnos..., y bajé al sótano: crujieron todas la puertas. Todos los peldaños de la escalera que me sumían en la más profunda oscuridad, me recordaban la carcoma de mi alma tanto como la suya se me insinuaba podrida en la dejadez, en el odio, en el deseo de venganza que ella dejó en los rescoldos de mi corazón...

Busqué con el temblor de la mano la cadena de la luz y la encontré... Dos veces tiré sin convencimiento, y la tercera me descubrió el retrato de Ella; con el pálido de su piel, y el rojo de su vestido; por supuesto encontré el jirón que surcaba su mejilla, y que con tanto odio recuerdo haberle hecho con el abrecartas, cuando terminé de leer sus conjuradas palabras de pesadumbre por la "necesidad de sentirse amada", como repetía con maledicencia; sin importarle que yo la quisiera, o que la santa iglesia le prohibiera abandonarme; pues yo la ajusticié de esta peculiar forma; le rasgué su bello rostro en el retrato de nuestros felices tiempos; por eso creo que esta mañana ella me acarició en la mejilla con la sombra de una cicatriz... ¡Allí donde vaya siempre encontraré una sombra que me cierre la herida! ¡No! Quizá, como hoy, una cicatriz que llene de sombras mi vida... de ángeles o demonios... y una gotera que me permita suponer una lágrima en su retrato...


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