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LA ESPINA DE LA AMAPOLA
Una emocionante historia de intriga en los orígenes del nazismo
A la memoria de mi abuelo (ilay) Enviado el Querido Andrés: Cuando te conocí ya estabas muerto, una más de estas cochinas jugadas del destino. Tu fantasma en blanco y negro vive conmigo desde antes de mis primeras papillas. La fotografía que te representa eternamente joven colgó durante décadas de la ilustre pared familiar junto a la macabra exposición de cadáveres consanguíneos que mi madre se empeñó en que no olvidáramos nunca. Podría recitarlos de memoria: la tía Eufrasia de mirada dictadora que me enviaba al infierno cuando no quería comer alcachofa hervida, el tío Manolón que murió de un catarro mal curado y me obligaba con su porte severo a tomar un jarabe espantoso, mi abuelo materno que callaba con su sonrisa amable y no se atrevía a oponerse a tan temible clan familiar. Entre todos ellos, tú eras el único que se rebelaba, que me daba fuerzas y coraje para decir ¡¡¡no!!! Le pedía una y otra vez a mi madre que me contara la historia y con el tiempo mi amor ha servido para completarla. Te vieron por última vez la madrugada en la que también se llevaron a mi abuelo y a otros tres del pueblo. Era el verano del 37, mi abuela cayó por las escaleras intentando detener la marcha de los verdugos y mi madre, con dos años, contemplaba tanto ajetreo sin saber que aquel era un adiós para toda la vida. A tu padre no lo encontraron, tuvo el buen juicio de escapar antes por los tejados, pero no pensó en que su hijo de diecisiete años serviría igual para apagar la sed de sangre de los conquistadores. Se os llevaron al monte y allí entrasteis en la leyenda de los héroes anónimos de los que se acaba olvidando la historia. Dicen que te negaste a cavar tu tumba, que lanzaste un grito de libertad y te pusiste a correr tras dar un par de buenos puñetazos al enemigo, ¡cuánto he recreado esta escena! Claro que te dispararon luego, pero te mataron libre. Quiero pensar que antes le dirigiste una mirada de ánimo a mi abuelo, que murió minutos después en la fosa que él mismo había arañado en la tierra. De aquel desastre, tantas vidas sepultadas, tantos sueños que ya no se realizarían, me quedó esta fotografía tuya que merecía un lugar en nuestra pared por el honor de haber emparentado con nosotros en la muerte, no en vano las sangres fueron mezcladas en el último momento. En la fotografía todavía eres rubio y tus ojos azules, ¿o serán verdes?, me contemplan con una transparencia ante la que se derrumban todas mis fortalezas. Te he querido siempre, muerto y todo, porque a ti te he contado todo lo contable e incontable. Fuiste el único en saber de mi odio al hermanito pequeño preferido, a quien confesé sin vergüenza que mis bragas teñidas de rojo anunciaban que ya era mujer, el primero en verme con el vestido para la cena de graduación, quien me acompañó en los tres partos pegado a mi sujetador. Me has acompañado siempre y siempre has estado presente, hasta mis días he teñido de blanco y negro para estar más contigo. Desprecio los colores que me alejan de ti. En mi alcoba de casada, tu fotografía en el cajón no despierta sospechas, un capricho más por las antiguallas. Nadie sospecha que guardo así, sin pudor, la imagen de mi amor secreto. No sé si las cartas llegarán al cielo por algún conducto no reglamentario que desconozco. Ésta va camuflada en una carta dirigida a los Reyes Magos, que he supuesto tendrán suficiente influencia para hacer que llegue a su destino. Te anuncio nuestro próximo encuentro, mi visita de hoy al médico no ha dejado demasiadas dudas, y quiero que estés preparado, no vaya a pillarte de sorpresa y sin arreglar. Ya he dicho a mis hijos que me entierren con tu fotografía, para reconocerte mejor si allá donde estás resulta que has envejecido. Yo seré esa dama vestida de blanco y negro.
Tema: Personas
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