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Fiebre, por Ankarel
Enviado el Sensaciones¿De dónde habrás sacado la imagen? Tal vez estás leyendo la novela (tan famosa y desconocida, tan europea). O quizás le viste pasar una mañana de domingo en la calle solitaria junto al viento helado que viene de la montaña. El niño, con su tambor colgado al cuello, las pequeñas baquetas de plástico en las manos coloradas de frío. ¿Qué será de ese niño? te preguntaste. E hiciste lo que nadie más tiene la oportunidad de hacer, consultarnos a nosotros, un puñado de aprendices de contadores de historias: "Decidme... ¿qué fue del niño del tambor?"
Caen las horas diluyéndose en minutos interminables. Miro el reloj: las cinco. A través de la ventana suenan las voces y los ruidos de la vida cotidiana de los demás, conversaciones a gritos, motores al ralentí, ruedas que pasan sobre la tapa floja de la alcantarilla, persianas metálicas que suben o bajan. Debería haber levantado mi persiana, haber dejado entrar la luz del día en la habitación que debe de oler a tigre. Miro el reloj: las cinco y un minuto. Cierro los ojos y veo un niño con un tambor.

El niño está solo en medio de un camino. Me mira. Abro los ojos.

Me zumban los oídos, no puedo respirar. Me pongo el termómetro otra vez, para pasar el tiempo, para espantar el aburrimiento. Miro todo lo que es verde en mi habitación. Las cortinas son verdes, el edredón es verde, las sábanas tienen un alimonado color verde. Todo el mundo es verde, huele a verde y suena el verde. Miro el reloj: las cinco y tres minutos.

Mientras el mercurio emprende su lenta subida, escalón a escalón, décima a décima, pienso en el niño con el tambor. No sabría decirte, me recuerda nostalgias, tiempos pasados, una fotografía olvidada en un cajón, una mañana de invierno, un hombre que echa de menos su infancia, cosas así.

Hay un cuaderno y un bolígrafo en la mesilla aguardando con paciencia inerte mi inspiración. El brazo pegado al cuerpo sujeta la pequeña barra de cristal. Miro el reloj: las cinco y cuatro minutos. Es posible que esta tarde no vaya a pasar nunca entre el zumbido de oídos y el dolor de cabeza y el silencio y el ruido de coches en la calle y el niño del tambor. Es posible que el tiempo se me detenga para siempre en la percepción sistemática, obsesiva, de cada segundo, de cada décima en la escala del termómetro, de cada parpadeo, de cada respiración.

Cuando acabe con el termómetro beberé agua, aunque me da frío sólo pensar en aventurar el brazo fuera del calor de las mantas. Miro el reloj: las cinco y seis minutos. Quedan dos.

Cierro los ojos. El pequeño del tambor sigue ahí. Me mira, con el tambor colgado del cuello, las pequeñas baquetas de plástico rojo en las manos, con esos ojos que ponen a veces los niños para mirarte, cuando no entienden. Lleva pantalones cortos de pana y los calcetines caídos. En el pelo castaño un remolino le mantiene un gallo tieso en la coronilla, tiene los ojos grandes y es delgado, las rodillas sobresalen un poco desproporcionadas y cubiertas de heridas. Lleva un jersey de pico de lana azul... qué le pasa a este niño. Quién es.

Miro el reloj. Las cinco y ocho minutos. El termómetro dice que treinta y nueve. Hasta las seis no toca volver a medicarse, hay que aguantar el tirón. Media vuelta, dolor en todo el cuerpo, intento respirar.

Dejo de oír los ruidos de la calle, del taller, del bar, los coches. Esas voces son sustituidas por otras que están dentro de mi cabeza, que me dicen lo de siempre, que no fume, que me tome la leche, que no pase frío, que qué tal estoy. Hablo un rato con todos ellos, digo probablemente a cada uno lo que está esperando oír, escucho dentro de mi corazón el diverso resonar de sus cariños y sus preocupaciones, pienso sus caras, visualizo sus miradas, las expresiones de ellos que me pertenecen sólo a mí.

Tengo la boca seca desde los labios hasta el fondo de la garganta. Me incorporo para coger la botella de agua y lo veo de pie, frente a la cama. Su silueta se recorta en la pared blanca. Levanta una mano como para golpear su pequeño tambor de colores, rojo, azul, blanco. "No lo hagas", le pido, "me va a estallar la cabeza."

El niño se encoge de hombros y desaparece. Me siento culpable. Bebo agua, respiro hondo y me vuelvo a cubrir con las mantas.


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