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Literalia
Gran compendio de novelas por temas

DEPENSION
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 | Museo de la soledad, de Carlos Castán |
Museo de la soledad, de Carlos Castán
Tropo Editores, 2007 ISBN: 978-84-935344-9-3
De vez en cuando, a alguien se le ocurre anticipar desde ya mismo la futura tarea de bucear entre las miríadas de libros que se publican, y revivir una obra que a pesar de su calidad pasó fugazmente por las siempre atestadas librerías. Esa es la intención de Segundo Asalto, la colección con que Tropo editores, una editorial modesta, devuelve a la actualidad algunos libros demasiado fugaces. El Museo de la soledad de Carlos Castán es una colección de relatos donde, como en un catálogo, se muestran y casi se ofrecen las distintas clases de abandono. Los relatos de Castán pueden parecer más o menos acertados, más o menos oportunos para el estado de ánimo del momento, pero es imposible que dejen indiferente. Por su lenguaje, por la elección de la palabra y la construcción que mejor colaboren a lograr su identidad, ese ritmo lírico y áspero a la voz, como de saxofón narrativo con sordina de lluvia. Los personajes que se acomodan en los rincones de este libro son tan reales que a menudo desaparecen bajo el peso de esa realidad excesiva, casi siempre hiriente y sin concesiones, dando lugar a soledades encarnadas, transfiguradas en fatalidad. Porque la soledad de Castán siempre es soledad, pero nunca olvido. Ni el autor ni la obra son nuevos, pero a muchos se lo parecerán. También la búsqueda de lo nuevo en lo que pasó arrastrando demasiado silencio es el tema de este libro. No se lo pierdan.
Javier Pérez www.javierperez.net
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Enviado por heathcliff el Thursday, 01 January a las 00:59:59 (368 Lecturas)
(¿Comentarios? | Puntuación 5)
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 | UNIVERSIDAD IRC |
 Transcripción de la discurso pronunciado por D. Segismundo Téllez, catedrático de represiones freudianas de la Universidad de Navarra, ante el Claustro de doctores con motivo de su nombramiento como Doctor Honoris Causa por esta universidad.
"Excelentísimo señor Rector, dignísimas autoridades, ilustrísimos doctores, señoras y señores:
Permítanme empezar con una obviedad: en internet no entra gente de todas clases. Los lugares seleccionan a los individuos del mismo modo que los individuos seleccionan los lugares. Según la clase de sitio, así será el tipo de personas que lo frecuenten.
Las personas que entran en las charlas de internet se caracterizan por un cierto nivel adquisitivo (un ordenador no lo tiene cualquiera y las conexiones telefónicas no son gratis) por el hecho de que están dispuestas a invertir tiempo y dinero en hablar o relacionarse con los demás.
El progresivo empobrecimiento de las relaciones humanas, la erosión del carácter y el temperamento a través de modalidades laborales abusivas y el actual gusto por los sucedáneos, han determinado la eclosión de la red como un pujante medio de impulsar las relaciones sociales, e incluso las afectivas.
En estas últimas nos centraremos.
Siendo comúnmente aceptada la estupidez de que el ser humano es monógamo, concluimos necesariamente que las personas que entablan una relación afectiva en internet lo hacen por no tenerla en otro sitio. Los que buscan pareja en la red lo hacen porque no la tienen en su ambiente, ni en su ciudad, ni en sus alrededores. También porque, por alguna razón, encuentran dificultoso buscarla en esos ámbitos.
Un somero análisis de esas personas nos lleva al extremo de que su desarraigo, la escasa calidad de su vida personal, lo depauperado de su entorno y/o de sus relaciones más próximas, les obliga a usar de un medio tan frío e impersonal para relacionarse. Poner la afectividad en una persona que vive lejos y de la que sólo se conoce un mote autoimpuesto denota tal nivel de inmadurez que raya en la estulticia más severa. Esta afirmación, que puede parecer exagerada a primera vista, se sostiene perfectamente si nos paramos a razonarla: poner la afectividad en un lugar donde la gente se trata porque no se conoce, no puede ser bueno; dejar los sentimiento para un perpetuo carnaval donde cada cual elige y cambia a diario su nombre y su personalidad no puede ser sano; basar las relaciones humanas en la absoluta carencia de rostro y de pasado no puede ser razonable; dejar una faceta como la afectividad, tan importante en la vida, para un lugar donde nada tiene importancia, donde todo se subsana variando un apodo insulso no puede ser cabal.
Un individuo adulto, mentalmente equilibrado, sólo se conformaría con semejante relación platónica si es lo máximo que puede conseguir. Si nos preguntamos ahora, como es lógico, por qué no puede conseguir otra cosa, nos encontramos con los verdaderos pilares sobre los que se asientan los amores de internet: inseguridad, desarraigo, complejos diversos, aislamiento, falta de espacio social donde desarrollarse plenamente, apatía, miedos, etc...
Para identificar a los individuos capaces de sostener un romance en estas condiciones es útil conectarse a la red un viernes o un sábado a eso de las once de la noche. Quien a semejantes horas, tradicionalmente dedicadas al esparcimiento y a las relaciones sociales, permanezca en su casa pegado a una pantalla, se identifica a sí mismo como una persona con problemas a la hora de relacionarse.
Un análisis más detallado de estos individuos, realizado entre doscientos participantes en un foro de amistad y relaciones, ha sido completamente revelador: la presencia habitual en esos lugares de aburridos, cuarentonas, obesos, divorciadas, neuróticos, ninfómanas, diletantes, adefesios y pederastas, no hace sino confirmar nuestras tesis.
No obstante y por eso mismo, proponemos que se alienten y financien los servidores destinados a las charlas por internet: Al menos, mientras está ahí toda esa gente, ni estorba ni salpica.
Muchas gracias."
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Enviado por heathcliff el Thursday, 01 January a las 00:59:59 (383 Lecturas)
(¿Comentarios? | Puntuación 0)
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 | Fiebre, por Ankarel |
¿De dónde habrás sacado la imagen? Tal vez estás leyendo la novela (tan famosa y desconocida, tan europea). O quizás le viste pasar una mañana de domingo en la calle solitaria junto al viento helado que viene de la montaña. El niño, con su tambor colgado al cuello, las pequeñas baquetas de plástico en las manos coloradas de frío. ¿Qué será de ese niño? te preguntaste. E hiciste lo que nadie más tiene la oportunidad de hacer, consultarnos a nosotros, un puñado de aprendices de contadores de historias: "Decidme... ¿qué fue del niño del tambor?" Caen las horas diluyéndose en minutos interminables. Miro el reloj: las cinco. A través de la ventana suenan las voces y los ruidos de la vida cotidiana de los demás, conversaciones a gritos, motores al ralentí, ruedas que pasan sobre la tapa floja de la alcantarilla, persianas metálicas que suben o bajan. Debería haber levantado mi persiana, haber dejado entrar la luz del día en la habitación que debe de oler a tigre. Miro el reloj: las cinco y un minuto. Cierro los ojos y veo un niño con un tambor.
El niño está solo en medio de un camino. Me mira. Abro los ojos. Me zumban los oídos, no puedo respirar. Me pongo el termómetro otra vez, para pasar el tiempo, para espantar el aburrimiento. Miro todo lo que es verde en mi habitación. Las cortinas son verdes, el edredón es verde, las sábanas tienen un alimonado color verde. Todo el mundo es verde, huele a verde y suena el verde. Miro el reloj: las cinco y tres minutos. Mientras el mercurio emprende su lenta subida, escalón a escalón, décima a décima, pienso en el niño con el tambor. No sabría decirte, me recuerda nostalgias, tiempos pasados, una fotografía olvidada en un cajón, una mañana de invierno, un hombre que echa de menos su infancia, cosas así. Hay un cuaderno y un bolígrafo en la mesilla aguardando con paciencia inerte mi inspiración. El brazo pegado al cuerpo sujeta la pequeña barra de cristal. Miro el reloj: las cinco y cuatro minutos. Es posible que esta tarde no vaya a pasar nunca entre el zumbido de oídos y el dolor de cabeza y el silencio y el ruido de coches en la calle y el niño del tambor. Es posible que el tiempo se me detenga para siempre en la percepción sistemática, obsesiva, de cada segundo, de cada décima en la escala del termómetro, de cada parpadeo, de cada respiración. Cuando acabe con el termómetro beberé agua, aunque me da frío sólo pensar en aventurar el brazo fuera del calor de las mantas. Miro el reloj: las cinco y seis minutos. Quedan dos. Cierro los ojos. El pequeño del tambor sigue ahí. Me mira, con el tambor colgado del cuello, las pequeñas baquetas de plástico rojo en las manos, con esos ojos que ponen a veces los niños para mirarte, cuando no entienden. Lleva pantalones cortos de pana y los calcetines caídos. En el pelo castaño un remolino le mantiene un gallo tieso en la coronilla, tiene los ojos grandes y es delgado, las rodillas sobresalen un poco desproporcionadas y cubiertas de heridas. Lleva un jersey de pico de lana azul... qué le pasa a este niño. Quién es. Miro el reloj. Las cinco y ocho minutos. El termómetro dice que treinta y nueve. Hasta las seis no toca volver a medicarse, hay que aguantar el tirón. Media vuelta, dolor en todo el cuerpo, intento respirar. Dejo de oír los ruidos de la calle, del taller, del bar, los coches. Esas voces son sustituidas por otras que están dentro de mi cabeza, que me dicen lo de siempre, que no fume, que me tome la leche, que no pase frío, que qué tal estoy. Hablo un rato con todos ellos, digo probablemente a cada uno lo que está esperando oír, escucho dentro de mi corazón el diverso resonar de sus cariños y sus preocupaciones, pienso sus caras, visualizo sus miradas, las expresiones de ellos que me pertenecen sólo a mí. Tengo la boca seca desde los labios hasta el fondo de la garganta. Me incorporo para coger la botella de agua y lo veo de pie, frente a la cama. Su silueta se recorta en la pared blanca. Levanta una mano como para golpear su pequeño tambor de colores, rojo, azul, blanco. "No lo hagas", le pido, "me va a estallar la cabeza." El niño se encoge de hombros y desaparece. Me siento culpable. Bebo agua, respiro hondo y me vuelvo a cubrir con las mantas.
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Enviado por heathcliff el Thursday, 01 January a las 00:59:59 (435 Lecturas)
(¿Comentarios? | Puntuación 0)
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 | Cicatrices del Alma (Musa Caliope) |
 Las tuyas y las mías forman una tremenda escara que nos cubre de un dolor conocido. Ese mismo dolor que sentimos antes de conocernos, antes de depositar nuestro primer beso en la boca del otro, antes de sentir un corazón palpitante adosado al propio.
No nacimos aquel día en que tú y yo encontramos nuestras miradas en aquel andén concurrido, lleno de almas y confusión. Un largo viaje esperaba a nuestra espalda, en un pesado equipaje lleno de sueños no cumplidos.
Aquellos besos rotos, reproches perdidos, heridas del alma aún abiertas pertenecen ya a otros a los que amamos en el pasado. Y estos miedos cercanos, débitos de pasiones de antaño, crecen ante las nuevas ilusiones que hoy resurgen en nuestros corazones.
Buscas constantemente en mí lo que te dañó ayer en boca de otra mujer, y yo rescato a cada momento de mi viejo baúl lo que durante tanto tiempo padecí. Cuando me desnudas queda expuesto el inútil lastre de culpa que arrastro desde hace tanto tiempo, y que forma ya parte de mi esencia.
Cuando te desnudo yo, aparece ante mis ojos un temeroso niño que contempla asombrado los míos sin acertar a comprender su expresión. Ayúdame a arrojar nuestro equipaje de sentimientos al mar, para ahogar sin contemplaciones la angustia en agua salubre, que sane las heridas de recuerdos y amores pasados.
De fondo suena una música desgarrada, que el arco arranca a un ajado violín. El olvido borrará lentamente las escenas vividas, y se llevará también el dolor sordo de la decepción. Así quedaré yo como un bebé, sin aprendizaje ni memoria, con el corazón limpio, gateando una nueva vida, a tu lado.
Sin embargo, hoy ya estamos solos tú y yo, aún con nuestras cicatrices por curar.
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Enviado por heathcliff el Thursday, 01 January a las 00:59:59 (552 Lecturas)
(¿Comentarios? | Puntuación 0)
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 | Una experiencia de hoy |
la cara de imbécil que se me ha quedado al saber que los socialistas, a los que siempre aprecié, han aprobado el canon digital.
Sólo yo sé el daño moral que me ha hecho y el tiempo que lo recordaré.
Esto es como salir de la infancia, o que te cuenten quién es de veras el ratoncito Pérez.
Cuando crees en la sociedad y crees que hay que defenderla por encima de los egoísmos es sangrante que se pague a una asociación pricada a costa de todos, antes de que hayamos cometido ningún mal.
Simplemente nos roban.
y de estos no me lo esperaba.
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Enviado por heathcliff el Thursday, 01 January a las 00:59:59 (425 Lecturas)
(¿Comentarios? | Puntuación 0)
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