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Delgada y guapa, con rizos negros, la atracción que suscitaba no residía en sus curvas bien trazadas, ni en el impecable ajuste de sus proporciones a crípticas constantes griegas. Ni Phi ni Pi lograban imponerse a su Aleph. Su número consistía en distintas contorsiones al borde de lo posible, pero era difícil apartar la mirada de sus ojos, de su risueño menosprecio hacia las leyes de la física, de la lógica y hasta de la probabilidad. Era una marioneta que en el colmo de la burla tomaba en sus manos los hilos y se obligaba a danzar, que se imponía las muecas como en un gui ol diabólico donde es el mu eco el que, ante el público, introduce la mano en su propia cabeza. Era hermosa pero eso no importaba. La menor de sus transgresiones era su elástica gimnasia sobre el atril, y centrar la vista en ella hubiese sido como admirar a la serpiente por lo bien que se enroscaba a los manzanos del Edén. Era sugerente como un pecado entrevisto en el sue o de una fiebre ancestral. Entre árboles prehistóricos cayendo en una selva donde aún no vive nadie. Entre símbolos de lenguas no inventadas todavía.
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