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Un matrimonio y su hijo regresaban a su casa tras pasar unos días en la montaña. Una carretera comarcal de América del Sur fue el escenario. El momento: una noche con niebla espesa. De pronto, apareció ante el coche, en medio de la carretera, una mujer con el cuello y la ropa ensangrentados solicitando su ayuda. Tras detener el vehículo, la mujer, muy alterada y llorando, les explicó que acababa de tener un accidente y que su coche se había caído por el barranco. La mujer rogó al hombre que le ayudase, pues tenía un bebé que había quedado atrapado entre los hierros del coche.
El hombre, sin dudarlo un momento, cogió su equipo de montaña y descendió por el barranco. Después de un tiempo, que para su familia se hizo eterno, el hombre volvió muy nervioso y con el bebé entre sus brazos. «¿Dónde está la mujer?». «Está sentada en aquella piedra». Pero al dirigir la mirada hacia el lugar donde apuntaba su dedo índice descubrió que allí no había nadie. La señora había desaparecido. El hombre entró rápidamente en el vehículo, e instó a su mujer a que hiciera lo mismo. Después arrancó el coche y se fueron de aquel lugar. «¿Por qué nos llevamos al bebé? ¿Por qué no buscamos a la mujer?», le preguntó su esposa, a lo que él respondió: «Cuando bajé y cogí al crío, vi a su lado a su madre. La señora que nos pidió ayuda estaba allí. Muerta».
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