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No es la edad la que nos va robando el empuje, ni las ganas de luchar. Son los años, sí, pero no los nuestros. A medida que desaparecen las personas que hemos amado disminuyen las razones para conquistar una felicidad que ya no podemos gozar juntos. Si pudieras verme ahora... Pero no puedes. Y este peldaño que es a la vez pedestal y podium me sabe a poco. Me sabe a broma. Me sabe al pastel de crema que te comes con treinta años después de ansiarlo en vano toda la infancia. Me falta impulso para el siguiente salto. Quisiera desearlo por mí mismo, pero ese «yo» del que se llena mi boca nunca existió en singular. Si pudieras verme ahora... Pero no me ves. Y me vacío. Y me siento como un observador urgido por el ansia de ser observado. Y sé que soy libre de nuevo, porque no me importa nada. La libertad de la nieve: libertad para fundirse y ser charco mugriento en la ciudad. Esa es la mía; esa es toda mi libertad. Si pudieras verme ahora... Pero ya no. Es tarde para vencer. Es tarde para luchar. Aúllan las sirenas de la ciudad, sopla el cierzo de la prisa, y es tarde para apretar los dientes y hacer frente a otra noche de lobos y ventisca. Es tarde porque ya no puedes verme. Si no, ¿quién me detendría? Pero no estás. No estás y el mundo me es ajeno, como una estrella que muere, o que vive, o que explota o se colapsa, en una galaxia remota aún por catalogar. ¿Y el rehén?
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