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<title>NO TE OLVIDO, UN VIAJE POR LA MEMORIA</title>
<link>http://www.noteolvido.com</link>
<description>No te olvido, la web de la memoria</description>
<language>es-ES</language>

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<title>Andersen, Hans Christian - Lo que hace el padre est&aacute; bien hecho</title>
<link>http://www.noteolvido.com/modules.php?name=News&amp;file=article&amp;sid=133</link>
<description>

Hans Christian Andersen

Lo que hace el padre bien hecho est&aacute;



**************


Voy a contaros ahora una historia que o&iacute; cuando era muy ni&ntilde;o, y cada vez que me acuerdo de ella me parece m&aacute;s bonita. Con las historias ocurre lo que con ciertas personas: embellecen a medida que pasan los a&ntilde;os, y esto es muy alentador.
Algunas veces habr&aacute;s salido a la campi&ntilde;a y habr&aacute;s visto una casa de campo, con un tejado de paja en el que crecen hierbas y musgo; en el remate del tejado no puede faltar un nido de cig&uuml;e&ntilde;as. Las paredes son torcidas; las ventanas, bajas, y de ellas s&oacute;lo puede abrirse una. El horno sobresale como una peque&ntilde;a barriga abultada, y el sa&uacute;co se inclina sobre el seto, cerca del cual hay una charca con un pato o unos cuantos patitos bajo el achaparrado sauce. Tampoco, falta el mast&iacute;n, que ladra a toda alma viviente.
Pues en una casa como la que te he descrito viv&iacute;a un viejo matrimonio, un pobre campesino con su mujer. No pose&iacute;an casi nada, y, sin embargo, ten&iacute;an una cosa superflua: un caballo, que sol&iacute;a pacer en los ribazos de los caminos. El padre lo montaba para trasladarse a la ciudad, y los vecinos se lo ped&iacute;an prestado y le pagaban con otros servicios; desde luego, habr&iacute;a sido m&aacute;s ventajoso para ellos vender el animal o trocarlo por algo que les reportase mayor beneficio. Pero, &iquest;por qu&eacute; lo pod&iacute;an cambiar?.
- T&uacute; ver&aacute;s mejor lo que nos conviene -dijo la mujer-. Precisamente hoy es d&iacute;a de mercado en el pueblo. Vete all&iacute; con el caballo y que te den dinero por &eacute;l, o haz un buen intercambio. Lo que haces, siempre est&aacute; bien hecho. Vete al mercado.
Le arregl&oacute; la bufanda alrededor del cuello, pues esto ella lo hac&iacute;a mejor, y le puso tambi&eacute;n una corbata de doble lazo, que le sentaba muy bien; cepill&oacute;le el sombrero con la palma de la mano, le dio un beso, y el hombre se puso alegremente en camino montado en el caballo que deb&iacute;a vender o trocar. &laquo;El viejo entiende de esas cosas -pensaba la mujer-. Nadie lo har&aacute; mejor que &eacute;l&raquo;.
El sol quemaba, y ni una nubecilla empa&ntilde;aba el azul del cielo. El camino estaba polvoriento, animado por numerosos individuos que se dirig&iacute;an al mercado, en carro, a caballo o a pie. El calor era intenso, y en toda la extensi&oacute;n del camino no se descubr&iacute;a ni un puntito de sombra.
Nuestro amigo se encontr&oacute; con un paisano que conduc&iacute;a una vaca, todo lo bien parecida que una vaca puede ser. &laquo;De seguro que da buena leche -pens&oacute;-. Tal vez ser&iacute;a un buen cambio&raquo;.
- &iexcl;Oye t&uacute;, el de la vaca! -dijo-. &iquest;Y si hici&eacute;ramos un trato? Ya s&eacute; que un caballo es m&aacute;s caro que una vaca; pero me da igual. De una vaca sacar&iacute;a yo m&aacute;s beneficio. &iquest;Quieres que cambiemos? 
- Muy bien -dijo el hombre de la vaca; y trocaron los animales.
Cerrado el trato; nada imped&iacute;a a nuestro campesino volverse a casa, puesto que el objeto del viaje quedaba cumplido. Pero su intenci&oacute;n primera hab&iacute;a sido ir a la feria, y decidi&oacute; llegarse a ella, aunque s&oacute;lo fuera para echar un vistazo. As&iacute; continu&oacute; el hombre conduciendo la vaca. Caminaba ligero, y el animal tambi&eacute;n, por lo que no tardaron en alcanzar a un individuo con una oveja. Era un buen ejemplar, gordo y con un buen &laquo;tois&oacute;n&raquo;.
&laquo;&iexcl;Esa oveja s&iacute; que me gustar&iacute;a! -pens&oacute; el campesino-. En nuestros ribazos nunca le faltar&iacute;a hierba, y en invierno podr&iacute;amos tenerla en casa. Yo creo que nos conviene m&aacute;s mantener una oveja que una vaca&raquo;.
- &iexcl;Amigo! -dijo al otro-, &iquest;quieres que cambiemos?.
El propietario de la oveja no se lo hizo repetir; efectuaron el cambio, y el labrador prosigui&oacute; su camino, muy contento con su oveja. Mas he aqu&iacute; que, viniendo por un sendero que cruzaba la carretera, vio a un hombre que llevaba una gorda oca bajo el brazo.
- &iexcl;Caramba! &iexcl;Vaya oca cebada que traes! -le dijo-. &iexcl;Qu&eacute; cantidad de grasa y de pluma! No estar&iacute;a mal en nuestra charca, atada de un cabo. La vieja podr&iacute;a echarle los restos de comida. Cu&aacute;ntas veces le he o&iacute;do decir: &iexcl;Ay, si tuvi&eacute;semos una oca! Pues &eacute;sta es la ocasi&oacute;n. &iquest;Quieres cambiar? Te dar&eacute; la oveja por la oca, y muchas gracias encima.
El otro acept&oacute;, no faltaba m&aacute;s; hicieron el cambio, y el campesino se qued&oacute; con la oca. Estaba ya cerca de la ciudad, y el bullicio de la carretera iba en aumento; era un hormiguero de personas y animales, que llenaban el camino y hasta la cuneta. Llegaron al fin al campo de patatas del portazguero. &Eacute;ste ten&iacute;a una gallina atada para que no se escapara, asustada por el ruido. Era una gallina derrabada, bizca y de bonito aspecto. &laquo;Cluc, cluc&raquo;, gritaba. No s&eacute; lo que ella quer&iacute;a significar con su cacareo, el hecho es que el campesino pens&oacute; al verla: &laquo;Es la gallina m&aacute;s hermosa que he visto en mi vida; es mejor que la clueca del se&ntilde;or rector; me gustar&iacute;a tenerla. Una gallina es el animal m&aacute;s f&aacute;cil de criar; siempre encuentra un granito de trigo; puede decirse que se mantiene ella sola. Creo ser&iacute;a un buen negocio cambiarla por la oca&raquo;.
- &iquest;Y si cambi&aacute;ramos? -pregunt&oacute;.
- &iquest;Cambiar? -dijo el otro-. Por m&iacute; no hay inconveniente y acept&oacute; la proposici&oacute;n. El portazguero se qued&oacute; con la oca, y el campesino, con la gallina.
La verdad es que hab&iacute;a aprovechado bien el tiempo en el viaje a la ciudad. Por otra parte, arreciaba el calor, y el hombre estaba cansado; un trago de aguardiente y un bocadillo le vendr&iacute;an de perlas. Como se encontrara delante de la posada, entr&oacute; en ella en el preciso momento en que sal&iacute;a el mozo, cargado con un saco lleno a rebosar.
- &iquest;Qu&eacute; llevas ah&iacute;? -pregunt&oacute; el campesino.
- Manzanas podridas -respondi&oacute; el mozo-; un saco lleno para los cerdos.
- &iexcl;Qu&eacute; hermosura de manzanas! &iexcl;C&oacute;mo gozar&iacute;a la vieja si las viera! El a&ntilde;o pasado el manzano del corral s&oacute;lo dio una manzana; hubo que guardarla, y estuvo sobre la c&oacute;moda hasta que se pudri&oacute;. Esto es signo de prosperidad, dec&iacute;a la abuela. &iexcl;Menuda prosperidad tendr&iacute;a con todo esto! Quisiera darle este gusto.
- &iquest;Cu&aacute;nto me dais por ellas? -pregunt&oacute; el hombre.
- &iquest;Cu&aacute;nto os doy? Os las cambio por la gallina -y dicho y hecho, entreg&oacute; la gallina y recibi&oacute; las manzanas. Entr&oacute; en la posada y se fue directo al mostrador. El saco lo dej&oacute; arrimado a la estufa, sin reparar en que estaba encendida. En la sala hab&iacute;a mucha gente forastera, tratante de caballos y de bueyes, y entre ellos dos ingleses, los cuales, como todo el mundo sabe, son tan ricos, que los bolsillos les revientan de monedas de oro. Y lo que m&aacute;s les gusta es hacer apuestas. Escucha si no.
&laquo;&iexcl;Chuf, chuf!&raquo; &iquest;Qu&eacute; ruido era aqu&eacute;l que llegaba de la estufa? Las manzanas empezaban a asarse.
- &iquest;Qu&eacute; pasa ah&iacute;?
No tard&oacute; en propagarse la historia del caballo que hab&iacute;a sido trocado por una vaca y, descendiendo progresivamente, se hab&iacute;a convertido en un saco de manzanas podridas.
- Espera a llegar a casa, ver&aacute;s c&oacute;mo la vieja te recibe a pu&ntilde;adas -dijeron los ingleses.
- Besos me dar&aacute;, que no pu&ntilde;adas -replic&oacute; el campesino-. La abuela va a decir: &laquo;Lo que hace el padre, bien hecho est&aacute;&raquo;. 
- &iquest;Hacemos una apuesta? -propusieron los ingleses-. Te apostamos todo el oro que quieras: onzas de oro a toneladas, cien libras, un quintal.
- Con una fanega me contento -contest&oacute; el campesino-. Pero s&oacute;lo puedo jugar una fanega de manzanas, y yo y la abuela por a&ntilde;adidura. Creo que es medida colmada. &iquest;Qu&eacute; pens&aacute;is de ello?
- Conforme -exclamaron los ingleses-. Trato hecho.
Engancharon el carro del ventero, subieron a &eacute;l los ingleses y el campesino, sin olvidar el saco de manzanas, y se pusieron en camino. No tardaron en llegar a la casita.
- &iexcl;Buenas noches, madrecita!
- &iexcl;Buenas noches, padrecito!
- He hecho un buen negocio con el caballo.
- &iexcl;Ya lo dec&iacute;a yo; t&uacute; entiendes de eso! -dijo la mujer, abraz&aacute;ndolo, sin reparar en el saco ni en los forasteros.
- He cambiado el caballo por una vaca.
- &iexcl;Dios sea loado! &iexcl;La de leche que vamos a tener! Por fin volveremos a ver en la mesa mantequilla y queso. &iexcl;Buen negocio!
- S&iacute;, pero luego cambi&eacute; la vaca por una oveja.
- &iexcl;Ah! &iexcl;Esto est&aacute; a&uacute;n mejor! -exclam&oacute; la mujer-. T&uacute; siempre piensas en todo. Hierba para una oveja tenemos de sobra. No nos faltar&aacute; ahora leche y queso de oveja, ni medias de lana, y aun batas de dormir. Todo eso la vaca no lo da; pierde el pelo. Eres una perla de marido.
- Pero es que despu&eacute;s cambi&eacute; la oveja por una oca.
- As&iacute; tendremos una oca por San Mart&iacute;n, padrecito. &iexcl;S&oacute;lo piensas en darme gustos! &iexcl;Qu&eacute; idea has tenido! Ataremos la oca fuera, en la hierba, y &iexcl;lo que engordar&aacute; hasta San Mart&iacute;n!
- Es que he cambiado la oca por una gallina -prosigui&oacute; el hombre.
- &iquest;Una gallina? &iexcl;&Eacute;ste s&iacute; que es un buen negocio! -exclam&oacute; la mujer-. La gallina pondr&aacute; huevos, los incubar&aacute;, tendremos polluelos y todo un gallinero. &iexcl;Es lo que yo m&aacute;s deseaba!
- S&iacute;, pero es que luego cambi&eacute; la gallina por un saco de manzanas podridas.
- &iexcl;Ven que te d&eacute; un beso! -exclam&oacute; la mujer, fuera de s&iacute; de contento-. &iexcl;Gracias, marido m&iacute;o! &iquest;Quieres que te cuente lo que me ha ocurrido? En cuanto te hubiste marchado, me puse a pensar qu&eacute; comida podr&iacute;a prepararte para la vuelta; se me ocurri&oacute; que lo mejor ser&iacute;a tortilla de puerros. Los huevos los ten&iacute;a, pero me faltaban los puerros. Me fui, pues, a casa del maestro. S&eacute; de cierto que tienen puerros, pero ya sabes lo avara que es la mujer. Le ped&iacute; que me prestase unos pocos. &laquo;&iquest;Prestar? -me respondi&oacute;-. No tenemos nada en el huerto, ni una mala manzana podrida. Ni una manzana puedo prestaros&raquo;. Pues ahora yo puedo prestarle diez, &iexcl;qu&eacute; digo! todo un saco. &iexcl;qu&eacute; gusto, padrecito! -. Y le dio otro beso.
- Magn&iacute;fico -dijeron los ingleses-. &iexcl;Siempre para abajo y siempre contenta! Esto no se paga con dinero -. Y pagaron el quintal de monedas de oro al campesino, que recib&iacute;a besos en vez de pu&ntilde;adas.
S&iacute;, se&ntilde;or, siempre se sale ganando cuando la mujer no se cansa de declarar que el padre entiende en todo, y que lo que hace, bien hecho est&aacute;.
&Eacute;sta es la historia que o&iacute; de ni&ntilde;o. Ahora t&uacute; la sabes tambi&eacute;n, y no lo olvides: lo que el padre hace, bien hecho est&aacute;.
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<item>
<title>Andersen, Hans Christian - Lo m&aacute;s incre&iacute;ble</title>
<link>http://www.noteolvido.com/modules.php?name=News&amp;file=article&amp;sid=132</link>
<description>

Hans Christian Andersen

Lo m&aacute;s incre&iacute;ble


**************



Quien fuese capaz de hacer lo m&aacute;s incre&iacute;ble, se casar&iacute;a con la hija del Rey y se convertir&iacute;a en due&ntilde;o de la mitad del reino.
Los j&oacute;venes - y tambi&eacute;n los viejos - pusieron a contribuci&oacute;n toda su inteligencia, sus nervios y sus m&uacute;sculos. Dos se hartaron hasta reventar, y uno se mat&oacute; a fuerza de beber, y lo hicieron para realizar lo que a su entender era m&aacute;s incre&iacute;ble, s&oacute;lo que no era aqu&eacute;l el modo de ganar el premio. Los golfillos callejeros se dedicaron a escupirse sobre la propia espalda, lo cual consideraban el colmo de lo incre&iacute;ble.
Se&ntilde;al&oacute;se un d&iacute;a para que cada cual demostrase lo que era capaz de hacer y que, a su juicio, fuera lo m&aacute;s incre&iacute;ble. Se designaron como jueces, desde ni&ntilde;os de tres a&ntilde;os hasta cincuentones maduros. Hubo un verdadero desfile de cosas incre&iacute;bles, pero el mundo estuvo pronto de acuerdo en que lo m&aacute;s incre&iacute;ble era un reloj, tan ingenioso por dentro como por fuera. A cada campanada sal&iacute;an figuras vivas que indicaban lo que el reloj acababa de tocar; en total fueron doce escenas, con figuras movibles, cantos y discursos.
- &iexcl;Esto es lo m&aacute;s incre&iacute;ble! -exclam&oacute; la gente.
El reloj dio la una y apareci&oacute; Mois&eacute;s en la monta&ntilde;a, escribiendo el primer mandamiento en las Tablas de la Ley: &laquo;Hay un solo Dios verdadero&raquo;.
Al dar las dos viose el Para&iacute;so terrenal, donde se encontraron Ad&aacute;n y Eva, felices a pesar de no disponer de armario ropero; por otra parte, no lo necesitaban.
Cuando sonaron las tres, salieron los tres Reyes Magos, uno de ellos negro como el carb&oacute;n; &iexcl;qu&eacute; remedio! El sol lo hab&iacute;a ennegrecido. Llevaban incienso y cosas preciosas.
A las cuatro present&aacute;ronse las estaciones: la Primavera, con el cuclillo posado en una tierna rama de haya; el Verano, con un saltamontes sobre una espiga madura; el Oto&ntilde;o, con un nido de cig&uuml;e&ntilde;as abandonado -pues el ave se hab&iacute;a marchado ya-, y el Invierno, con una vieja corneja que sab&iacute;a contar historias y antiguos recuerdos junto al fuego.
Dieron las cinco y comparecieron los cinco sentidos: la Vista, en figura de &oacute;ptico; el O&iacute;do, en la de calderero; el Olfato vend&iacute;a violetas y asp&eacute;rulas; el Gusto estaba representado por un cocinero, y el Tacto, por un sepulturero con un cresp&oacute;n f&uacute;nebre que le llegaba a los talones.
El reloj dio las seis, y apareci&oacute; un jugador que ech&oacute; los dados; al volver hacia arriba la parte superior, sali&oacute; el n&uacute;mero seis.
Vinieron luego los siete d&iacute;as de la semana o los siete pecados capitales; los espectadores no pudieron ponerse de acuerdo sobre lo que eran en realidad; sea como fuere, tienen mucho de com&uacute;n y no es muy f&aacute;cil separarlos.
A continuaci&oacute;n, un coro de monjes cant&oacute; la misa de ocho.
Con las nueve llegaron las nueve Musas; una de ellas trabajaba en Astronom&iacute;a; otra, en el Archivo hist&oacute;rico; las restantes se dedicaban al teatro.
A las diez sali&oacute; nuevamente Mois&eacute;s con las tablas; conten&iacute;an los mandamientos de Dios, y eran diez.
Volvieron a sonar campanadas y salieron, saltando y brincando, unos ni&ntilde;os y ni&ntilde;as que jugaban y cantaban: &laquo;&iexcl;Ahora, ni&ntilde;os, a escuchar; las once acaban de dar!&raquo;.
Y al dar las doce sali&oacute; el vigilante, con su capucha, y con la estrella matutina, cantando su vieja tonadilla:
&iexcl;Era medianoche,
cuando naci&oacute; el Salvador!
Y mientras cantaba brotaron rosas, que luego resultaron cabezas de angelillos con alas, que ten&iacute;an todos los colores del iris.
Result&oacute; un espect&aacute;culo tan hermoso para los ojos como para los o&iacute;dos. Aquel reloj era una obra de arte incomparable, lo m&aacute;s incre&iacute;ble que pudiera imaginarse, dec&iacute;a la gente.
El autor era un joven de excelente coraz&oacute;n, alegre como un ni&ntilde;o, un amigo bueno y leal, y abnegado con sus humildes padres. Se merec&iacute;a la princesa y la mitad del reino. 
Lleg&oacute; el d&iacute;a de la decisi&oacute;n; toda la ciudad estaba engalanada, y la princesa ocupaba el trono, al que hab&iacute;an puesto crin nuevo, sin hacerlo m&aacute;s c&oacute;modo por eso. Los jueces miraban con p&iacute;caros ojos al supuesto ganador, el cual permanec&iacute;a tranquilo y alegre, seguro de su suerte, pues hab&iacute;a realizado lo m&aacute;s incre&iacute;ble.
- &iexcl;No, esto lo har&eacute; yo! -grit&oacute; en el mismo momento un pat&aacute;n larguirucho y huesudo-. Yo soy el hombre capaz de lo m&aacute;s incre&iacute;ble -. Y blandi&oacute; un hacha contra la obra de arte.
&iexcl;Cric, crac!, en un instante todo qued&oacute; deshecho; ruedas y resortes rodaron por el suelo; la maravilla estaba destruida.
- &iexcl;&Eacute;sta es mi obra! -dijo-. Mi acci&oacute;n ha superado a la suya; he hecho lo m&aacute;s incre&iacute;ble.
- &iexcl;Destruir semejante obra de arte! -exclamaron los jueces. - Efectivamente, es lo m&aacute;s incre&iacute;ble.
Todo el pueblo estuvo de acuerdo, por lo que le asignaron la princesa y la mitad del reino, pues la ley es la ley, incluso cuando se trata de lo m&aacute;s incre&iacute;ble y absurdo.
Desde lo alto de las murallas y las torres de la ciudad proclamaron los trompeteros:
- &iexcl;Va a celebrarse la boda!
La princesa no iba muy contenta, pero estaba espl&eacute;ndida, y ricamente vestida. La iglesia era un mar de luz; anochec&iacute;a ya, y el efecto resultaba maravilloso. Las doncellas nobles de la ciudad iban cantando, acompa&ntilde;ando a la novia; los caballeros hac&iacute;an lo propio con el novio, el cual avanzaba con la cabeza tan alta como si nada pudiese romp&eacute;rsela.
Ces&oacute; el canto e h&iacute;zose un silencio tan profundo, que se habr&iacute;a o&iacute;do caer al suelo un alfiler. Y he aqu&iacute; que en medio de aquella quietud se abri&oacute; con gran estr&eacute;pito la puerta de la iglesia y, &laquo;&iexcl;bum! &iexcl;bum!&raquo;, entr&oacute; el reloj y, avanz&aacute;ndo por la nave central, fue a situarse entre los novios. Los muertos no pueden volver, esto ya lo sabemos, pero una obra de arte s&iacute; puede; el cuerpo estaba hecho pedazos, pero no el esp&iacute;ritu; el espectro del Arte se apareci&oacute;, dejando ya de ser un espectro.
La obra de arte estaba entera, como el d&iacute;a que la presentaron, intacta y nueva. Sonaron las campanadas, una tras otra, hasta las doce, y salieron las figuras. Primero Mois&eacute;s, cuya frente desped&iacute;a llamas. Arroj&oacute; las pesadas tablas de la ley a los pies del novio, que quedaron clavados en el suelo.
- &iexcl;No puedo levantarlas! -dijo Mois&eacute;s-. Me cortaste los brazos. Qu&eacute;date donde est&aacute;s.
Vinieron despu&eacute;s Ad&aacute;n y Eva, los Reyes Magos de Oriente y las cuatro estaciones, y todos le dijeron verdades desagradables: &laquo;&iexcl;Averg&uuml;&eacute;nzate!&raquo;.
Pero &eacute;l no se avergonz&oacute;.
Todas las figuras que hab&iacute;an aparecido a las diferentes horas, salieron del reloj y adquirieron un volumen enorme. Parec&iacute;a que no iba a quedar sitio para las personas de carne y hueso. Y cuando a las doce se present&oacute; el vigilante con la capucha y la estrella matutina, se produjo un movimiento extraordinario. El vigilante, dirigi&eacute;ndose al novio, le dio un golpe en la frente con la estrella.
- &iexcl;Muere! -le dijo- &iexcl;Medida por medida! &iexcl;Estamos vengados, y el maestro tambi&eacute;n! &iexcl;adi&oacute;s!
Y desapareci&oacute; la obra de arte; pero las luces de la iglesia la transformaron en grandes flores luminosas, y las doradas estrellas del techo enviaron largos y refulgentes rayos, mientras el &oacute;rgano tocaba solo. Todos los presentes dijeron que aquello era lo m&aacute;s incre&iacute;ble que hab&iacute;an visto en su vida.
- Llamemos ahora al vencedor -dijo la princesa-. El autor de la maravilla ser&aacute; mi esposo y se&ntilde;or.
Y el joven se present&oacute; en la iglesia, con el pueblo entero por s&eacute;quito, entre las aclamaciones y la alegr&iacute;a general. Nadie sinti&oacute; envidia. &iexcl;Y esto fue precisamente lo m&aacute;s incre&iacute;ble!
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<item>
<title>Andersen, Hans Christian - Las flores de la peque&ntilde;a Ida</title>
<link>http://www.noteolvido.com/modules.php?name=News&amp;file=article&amp;sid=131</link>
<description>

Hans Christian Andersen

Las flores de la peque&ntilde;a Ida



************



- &iexcl;Mis flores se han marchitado! -exclam&oacute; la peque&ntilde;a Ida.
- Tan hermosas como estaban anoche, y ahora todas sus hojas cuelgan mustias. &iquest;Por qu&eacute; ser&aacute; esto? -pregunt&oacute; al estudiante, que estaba sentado en el sof&aacute;. Le ten&iacute;a mucho cari&ntilde;o, pues sab&iacute;a las historias m&aacute;s preciosas y divertidas, y era muy h&aacute;bil adem&aacute;s en recortar figuras curiosas: corazones con damas bailando, flores y grandes castillos cuyas puertas pod&iacute;an abrirse. Era un estudiante muy simp&aacute;tico.
- &iquest;Por qu&eacute; ponen una cara tan triste mis flores hoy? -dijo, se&ntilde;al&aacute;ndole un ramillete completamente marchito.
- &iquest;No sabes qu&eacute; les ocurre? -respondi&oacute; el estudiante-. Pues que esta noche han ido al baile, y por eso tienen hoy las cabezas colgando.
- &iexcl;Pero si las flores no bailan! -repuso Ida.
- &iexcl;Claro que s&iacute;! -dijo el estudiante-. En cuanto oscurece y nosotros nos acostamos, ellas empiezan a saltar y bailar. Casi todas las noches tienen sarao.
- &iquest;Y los ni&ntilde;os no pueden asistir?
- Claro que s&iacute; -contest&oacute; el estudiante-. Las margaritas y los muguetes muy peque&ntilde;itos.
- &iquest;D&oacute;nde bailan las flores? -sigui&oacute; preguntando la ni&ntilde;a.
- &iquest;No has ido nunca a ver las bonitas flores del jard&iacute;n del gran palacio donde el Rey pasa el verano?. Claro que has ido, y habr&aacute;s visto los cisnes que acuden nadando cuando haces se&ntilde;al de echarles migas de pan. Pues all&iacute; hacen unos bailes magn&iacute;ficos, te lo digo yo.
- Ayer estuve con mam&aacute; -dijo Ida-; pero hab&iacute;an ca&iacute;do todas las hojas de los &aacute;rboles, ya no quedaba ni una flor. &iquest;D&oacute;nde est&aacute;n? &iexcl;Tantas como hab&iacute;a en verano!
- Est&aacute;n dentro del palacio -respondi&oacute; el estudiante-. Has de saber que en cuanto el Rey y toda la corte regresan a la ciudad, todas las flores se marchan corriendo del jard&iacute;n y se instalan en palacio, donde se divierten de lo lindo. &iexcl;Tendr&iacute;as que verlo! Las dos rosas m&aacute;s preciosas se sientan en el trono y hacen de Rey y de Reina. Las rojas gallocrestas se sit&uacute;an de pie a uno y otro lado y hacen reverencias; son los camareros. Vienen luego las flores m&aacute;s lindas y empieza el gran baile; las violetas representan guardias marinas, y bailan con los jacintos y los azafranes, a los que llaman se&ntilde;oritas. Los tulipanes y las grandes azucenas de fuego son damas viejas que cuidan de que se baile en debida forma y de que todo vaya bien.
- Pero -pregunt&oacute; la peque&ntilde;a Ida-, &iquest;nadie les dice nada a las flores por bailar en el palacio real?
- El caso es que nadie est&aacute; en el secreto -, respondi&oacute; el estudiante-. Cierto que alguna vez que otra se presenta durante la noche el viejo guardi&aacute;n del castillo, con su manojo de llaves, para cerciorarse de que todo est&aacute; en regla; pero no bien las flores oyen rechinar la cerradura, se quedan muy quietecitas, escondidas detr&aacute;s de los cortinajes y asomando las cabecitas. &laquo;Aqu&iacute; huele a flores&raquo;, dice el viejo guardi&aacute;n, &laquo;pero no veo ninguna&raquo;.
- &iexcl;Qu&eacute; divertido! -exclam&oacute; Ida, dando una palmada-. &iquest;Y no podr&iacute;a yo ver las flores?
- S&iacute; -dijo el estudiante-. S&oacute;lo tienes que acordarte, cuando salgas, de mirar por la ventana; enseguida las ver&aacute;s. Yo lo hice hoy. En el sof&aacute; hab&iacute;a estirado un largo lirio de Pascua amarillo; era una dama de la corte.
- &iquest;Y las flores del Jard&iacute;n Bot&aacute;nico pueden ir tambi&eacute;n, con lo lejos que est&aacute;?
- Sin duda -respondi&oacute; el estudiante -, ya que pueden volar, si quieren. &iquest;No has visto las hermosas mariposas, rojas, amarillas y blancas? Parecen flores, y en realidad lo han sido. Se desprendieron del tallo, y, agitando las hojas cual si fueran alas, se echaron a volar; y como se portaban bien, obtuvieron permiso para volar incluso durante el d&iacute;a, sin necesidad de volver a la planta y quedarse en sus tallos, y de este modo las hojas se convirtieron al fin en alas de veras. T&uacute; misma las has visto. Claro que a lo mejor las flores del Jard&iacute;n Bot&aacute;nico no han estado nunca en el palacio real, o ignoran lo bien que se pasa all&iacute; la noche. &iquest;Sabes qu&eacute;? Voy a decirte una cosa que dejar&iacute;a pasmado al profesor de Bot&aacute;nica que vive cerca de aqu&iacute; &iquest;lo conoces, no? Cuando vayas a su jard&iacute;n contar&aacute;s a una de sus flores lo del gran baile de palacio; ella lo dir&aacute; a las dem&aacute;s, y todas echar&aacute;n a volar hacia all&iacute;. Si entonces el profesor acierta a salir al jard&iacute;n, apenas encontrar&aacute; una sola flor, y no comprender&aacute; ad&oacute;nde se han metido.
- Pero, &iquest;c&oacute;mo va la flor a contarlo a las otras? Las flores no hablan.
- Lo que se dice hablar, no -admiti&oacute; el estudiante-, pero se entienden con signos &iquest;No has visto muchas veces que, cuando sopla un poco de brisa, las flores se inclinan y mueven sus verdes hojas? Pues para ellas es como si hablasen.
- &iquest;Y el profesor entiende sus signos? -pregunt&oacute; Ida.
- Supongo que s&iacute;. Una ma&ntilde;ana sali&oacute; al jard&iacute;n y vio c&oacute;mo una gran ortiga hac&iacute;a signos con las hojas a un hermoso clavel rojo. &laquo;Eres muy lindo; te quiero&raquo;, dec&iacute;a. Mas el profesor, que no puede sufrir a las ortigas, dio un manotazo a la atrevida en las hojas que son sus dedos; mas la planta le pinch&oacute;, produci&eacute;ndole un fuerte escozor, y desde entonces el buen se&ntilde;or no se ha vuelto a meter con las ortigas.
- &iexcl;Qu&eacute; divertido! -exclam&oacute; Ida, soltando la carcajada.
- &iexcl;Qu&eacute; manera de embaucar a una criatura! -refunfu&ntilde;&oacute; el aburrido consejero de Canciller&iacute;a, que hab&iacute;a venido de visita y se sentaba en el sof&aacute;. El estudiante le era antip&aacute;tico, y siempre gru&ntilde;&iacute;a al verle recortar aquellas figuras tan graciosas: un hombre colgando de la horca y sosteniendo un coraz&oacute;n en la mano - pues era un robador de corazones -, o una vieja bruja montada en una escoba, llevando a su marido sobre las narices. Todo esto no pod&iacute;a sufrirlo el anciano se&ntilde;or, y dec&iacute;a, como en aquella ocasi&oacute;n:
- &iexcl;Qu&eacute; manera de embaucar a una criatura! &iexcl;Vaya fantas&iacute;as tontas!
Mas la peque&ntilde;a Ida encontraba divertido lo que le contaba el estudiante acerca de las flores, y permaneci&oacute; largo rato pensando en ello. Las flores estaban con las cabezas colgantes, cansadas, puesto que hab&iacute;an estado bailando durante toda la noche. Seguramente estaban enfermas. Las llev&oacute;, pues, junto a los dem&aacute;s juguetes, colocados sobre una primorosa mesita cuyo caj&oacute;n estaba lleno de cosas bonitas. En la camita de mu&ntilde;ecas dorm&iacute;a su mu&ntilde;eca Sof&iacute;a, y la peque&ntilde;a Ida le dijo:
- Tienes que levantarte, Sof&iacute;a; esta noche habr&aacute;s de dormir en el caj&oacute;n, pues las pobrecitas flores est&aacute;n enfermas y las tengo que acostar en la cama, a ver si se reponen -. Y sac&oacute; la mu&ntilde;eca, que parec&iacute;a muy enfurru&ntilde;ada y no dijo ni p&iacute;o; le fastidiaba tener que ceder su cama.
Ida acost&oacute; las flores en la camita, las arrop&oacute; con la diminuta manta y les dijo que descansasen tranquilamente, que entretanto les preparar&iacute;a t&eacute; para animarlas y para que pudiesen levantarse al d&iacute;a siguiente. Corri&oacute; las cortinas en torno a la cama para evitar que el sol les diese en los ojos.
Durante toda la velada estuvo pensando en lo que le hab&iacute;a contado el estudiante; y cuando iba a acostarse, no pudo contenerse y mir&oacute; detr&aacute;s de las cortinas que colgaban delante de las ventanas, donde estaban las espl&eacute;ndidas flores de su madre, jacintos y tulipanes, y les dijo en voz muy queda: 
- &iexcl;Ya s&eacute; que esta noche bailar&eacute;is! -. Las flores se hicieron las desentendidas y no movieron ni una hoja. Mas la peque&ntilde;a Ida sab&iacute;a lo que sab&iacute;a.
Ya en la cama, estuvo pensando durante largo rato en lo bonito que deb&iacute;a ser ver a las bellas flores bailando all&aacute; en el palacio real. &laquo;&iquest;Qui&eacute;n sabe si mis flores no bailar&aacute;n tambi&eacute;n?&raquo;. Pero qued&oacute; dormida enseguida.
Despert&oacute; a medianoche; hab&iacute;a so&ntilde;ado con las flores y el estudiante a quien el se&ntilde;or Consejero hab&iacute;a rega&ntilde;ado por contarle cosas tontas. En el dormitorio de Ida reinaba un silencio absoluto; la l&aacute;mpara de noche ard&iacute;a sobre la mesita, y pap&aacute; y mam&aacute; dorm&iacute;an a pierna suelta.
-&iquest;Estar&aacute;n mis flores en la cama de Sof&iacute;a? -se pregunt&oacute;-. Me gustar&iacute;a saberlo -. Se incorpor&oacute; un poquit&iacute;n y mir&oacute; a la puerta, que estaba entreabierta. En la habitaci&oacute;n contigua estaban sus flores y todos sus juguetes. Aguz&oacute; el o&iacute;do y le pareci&oacute; o&iacute;r que tocaban el piano, aunque muy suavemente y con tanta dulzura como nunca lo hab&iacute;a o&iacute;do. &laquo;Sin duda todas las flores est&aacute;n bailando all&iacute;&raquo;, pens&oacute;. &laquo;&iexcl;C&oacute;mo me gustar&iacute;a verlo!&raquo;. Pero no se atrev&iacute;a a levantarse, por temor a despertar a sus padres.
- &iexcl;Si al menos entrasen en mi cuarto!- dijo; pero las flores no entraron, y la m&uacute;sica sigui&oacute; tocando primorosamente. Al fin, no pudo resistir m&aacute;s, aquello era demasiado hermoso. Baj&oacute; quedita de su cama, se dirigi&oacute; a la puerta y mir&oacute; al interior de la habitaci&oacute;n. &iexcl;Dios santo, y qu&eacute; maravillas se ve&iacute;an!
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<item>
<title>Andersen, Hans Christian - Las cig&uuml;e&ntilde;as</title>
<link>http://www.noteolvido.com/modules.php?name=News&amp;file=article&amp;sid=130</link>
<description>


Hans Christian Andersen

Las cig&uuml;e&ntilde;as



**************



Sobre el tejado de la casa m&aacute;s apartada de una aldea hab&iacute;a un nido de cig&uuml;e&ntilde;as. La cig&uuml;e&ntilde;a madre estaba posada en &eacute;l, junto a sus cuatro polluelos, que asomaban las cabezas con sus piquitos negros, pues no se hab&iacute;an te&ntilde;ido a&uacute;n de rojo. A poca distancia, sobre el v&eacute;rtice del tejado, permanec&iacute;a el padre, erguido y tieso; ten&iacute;a una pata recogida, para que no pudieran decir que el montar la guardia no resultaba fatigoso. Se hubiera dicho que era de palo, tal era su inmovilidad. &laquo;Da un gran tono el que mi mujer tenga una centinela junto al nido -pensaba-. Nadie puede saber que soy su marido. Seguramente pensar&aacute; todo el mundo que me han puesto aqu&iacute; de vigilante. Eso da mucha distinci&oacute;n&raquo;. Y sigui&oacute; de pie sobre una pata.
Abajo, en la calle, jugaba un grupo de chiquillos, y he aqu&iacute; que, al darse cuenta de la presencia de las cig&uuml;e&ntilde;as, el m&aacute;s atrevido rompi&oacute; a cantar, acompa&ntilde;ado luego por toda la tropa:
Cig&uuml;e&ntilde;a, cig&uuml;e&ntilde;a, vu&eacute;lvete a tu tierra 
m&aacute;s all&aacute; del valle y de la alta sierra. 
Tu mujer se est&aacute; quieta en el nido, 
y todos sus polluelos se han dormido. 
El primero morir&aacute; colgado, 
el segundo chamuscado; 
al tercero lo derribar&aacute; el cazador 
y el cuarto ir&aacute; a parar al asador.
- &iexcl;Escucha lo que cantan los ni&ntilde;os! -exclamaron los polluelos-. Cantan que nos van a colgar y a chamuscar.
- No os preocup&eacute;is -los tranquiliz&oacute; la madre-. No les hag&aacute;is caso, dejadlos que canten.
Y los rapaces siguieron cantando a coro, mientras con los dedos se&ntilde;alaban a las cig&uuml;e&ntilde;as burl&aacute;ndose; s&oacute;lo uno de los muchachos, que se llamaba Perico, dijo que no estaba bien burlarse de aquellos animales, y se neg&oacute; a tomar parte en el juego. Entretanto, la cig&uuml;e&ntilde;a madre segu&iacute;a tranquilizando a sus peque&ntilde;os: 
- No os apur&eacute;is -les dec&iacute;a-, mirad qu&eacute; tranquilo est&aacute; vuestro padre, sosteni&eacute;ndose sobre una pata.
- &iexcl;Oh, qu&eacute; miedo tenemos! -exclamaron los peque&ntilde;os escondiendo la cabecita en el nido.
Al d&iacute;a siguiente los chiquillos acudieron nuevamente a jugar, y, al ver las cig&uuml;e&ntilde;as, se pusieron a cantar otra vez.
El primero morir&aacute; colgado,
el segundo chamuscado.
- &iquest;De veras van a colgarnos y chamuscamos? -preguntaron los polluelos.
- &iexcl;No, claro que no! -dijo la madre-. Aprender&eacute;is a volar, pues yo os ense&ntilde;ar&eacute;; luego nos iremos al prado, a visitar a las ranas. Ver&eacute;is como se inclinan ante nosotras en el agua cantando: &laquo;&iexcl;coax, coax!&raquo;; y nos las zamparemos. &iexcl;Qu&eacute; bien vamos a pasarlo!
- &iquest;Y despu&eacute;s? -preguntaron los peque&ntilde;os.
- Despu&eacute;s nos reuniremos todas las cig&uuml;e&ntilde;as de estos contornos y comenzar&aacute;n los ejercicios de oto&ntilde;o. Hay que saber volar muy bien para entonces; la cosa tiene gran importancia, pues el que no sepa hacerlo como Dios manda, ser&aacute; muerto a picotazos por el general. As&iacute; que es cuesti&oacute;n de aplicaros, en cuanto la instrucci&oacute;n empiece.
- Pero despu&eacute;s nos van a ensartar, como dec&iacute;an los chiquillos. Escucha, ya vuelven a cantarlo.
- &iexcl;Es a m&iacute; a quien deb&eacute;is atender y no a ellos! -rega&ntilde;&oacute;les la madre cig&uuml;e&ntilde;a-. Cuando se hayan terminado los grandes ejercicios de oto&ntilde;o, emprenderemos el vuelo hacia tierras c&aacute;lidas, lejos, muy lejos de aqu&iacute;, cruzando valles y bosques. Iremos a Egipto, donde hay casas triangulares de piedra terminadas en punta, que se alzan hasta las nubes; se llaman pir&aacute;mides, y son mucho m&aacute;s viejas de lo que una cig&uuml;e&ntilde;a puede imaginar. Tambi&eacute;n hay un r&iacute;o, que se sale del cauce y convierte todo el pa&iacute;s en un cenagal. Entonces, bajaremos al fango y nos hartaremos de ranas.
- &iexcl;Aj&aacute;! -exclamaron los polluelos.
- &iexcl;S&iacute;, es magn&iacute;fico! En todo el d&iacute;a no hace uno sino comer; y mientras nos damos all&iacute; tan buena vida, en estas tierras no hay una sola hoja en los &aacute;rboles, y hace tanto fr&iacute;o que hasta las nubes se hielan, se resquebrajan y caen al suelo en pedacitos blancos. Se refer&iacute;a a la nieve, pero no sab&iacute;a explicarse mejor.
- &iquest;Y tambi&eacute;n esos chiquillos malos se hielan y rompen a pedazos? -, preguntaron los polluelos.
- No, no llegan a romperse, pero poco les falta, y tienen que estarse quietos en el cuarto oscuro; vosotros, en cambio, volar&eacute;is por aquellas tierras, donde crecen las flores y el sol lo inunda todo.
Transcurri&oacute; alg&uacute;n tiempo. Los polluelos hab&iacute;an crecido lo suficiente para poder incorporarse en el nido y dominar con la mirada un buen espacio a su alrededor. Y el padre acud&iacute;a todas las ma&ntilde;anas provisto de sabrosas ranas, culebrillas y otras golosinas que encontraba. &iexcl;Eran de ver las exhibiciones con que los obsequiaba! Inclinaba la cabeza hacia atr&aacute;s, hasta la cola, casta&ntilde;eteaba con el pico cual si fuese una carraca y luego les contaba historias, todas acerca del cenagal.
- Bueno, ha llegado el momento de aprender a volar -dijo un buen d&iacute;a la madre, y los cuatro pollitos hubieron de salir al remate del tejado. &iexcl;C&oacute;mo se tambaleaban, c&oacute;mo se esforzaban en mantener el equilibrio con las alas, y cu&aacute;n a punto estaban de caerse- &iexcl;Fijaos en m&iacute;! -dijo la madre-. Deb&eacute;is poner la cabeza as&iacute;, y los pies as&iacute;: &iexcl;Un, dos, Un, dos! As&iacute; es como ten&eacute;is que comportaros en el mundo -. Y se lanz&oacute; a un breve vuelo, mientras los peque&ntilde;os pegaban un saltito, con bastante torpeza, y &iexcl;bum!, se cayeron, pues les pesaba mucho el cuerpo.
- &iexcl;No quiero volar! -protest&oacute; uno de los peque&ntilde;os, encaram&aacute;ndose de nuevo al nido-. &iexcl;Me es igual no ir a las tierras c&aacute;lidas!
- &iquest;Prefieres helarte aqu&iacute; cuando llegue el invierno? &iquest;Est&aacute;s conforme con que te cojan esos muchachotes y te cuelguen, te chamusquen y te asen? Bien, pues voy a llamarlos.
- &iexcl;Oh, no! -suplic&oacute; el polluelo, saltando otra vez al tejado, con los dem&aacute;s.
Al tercer d&iacute;a ya volaban un poquit&iacute;n, con mucha destreza, y, crey&eacute;ndose capaces de cernerse en el aire y mantenerse en &eacute;l con las alas inm&oacute;viles, se lanzaron al espacio; pero &iexcl;s&iacute;, s&iacute;...! &iexcl;Pum! empezaron a dar volteretas, y fue cosa de darse prisa a poner de nuevo las alas en movimiento. Y he aqu&iacute; que otra vez se presentaron los chiquillos en la calle, y otra vez entonaron su canci&oacute;n:
&iexcl;Cig&uuml;e&ntilde;a, cig&uuml;e&ntilde;a, vu&eacute;lvele a tu tierra!
- &iexcl;Bajemos de una volada y saqu&eacute;mosles los ojos! -exclamaron los pollos- &iexcl;No, dejadlos! -replic&oacute; la madre-. Fijaos en m&iacute;, esto es lo importante: -Uno, dos, tres! Un vuelo hacia la derecha. &iexcl;Uno, dos, tres! Ahora hacia la izquierda, en torno a la chimenea. Muy bien, ya vais aprendiendo; el &uacute;ltimo aleteo, ha salido tan limpio y preciso, que ma&ntilde;ana os permitir&eacute; acompa&ntilde;arme al pantano. All&iacute; conocer&eacute;is varias familias de cig&uuml;e&ntilde;as con sus hijos, todas muy simp&aacute;ticas; me gustar&iacute;a que mis peque&ntilde;os fuesen los m&aacute;s lindos de toda la concurrencia; quisiera poder sentirme orgullosa de vosotros. Eso hace buen efecto y da un gran prestigio.
- &iquest;Y no nos vengaremos de esos rapaces endemoniados? -preguntaron los hijos.
- Dejadlos gritar cuanto quieran. Vosotros os remontar&eacute;is hasta las nubes y estar&eacute;is en el pa&iacute;s de las pir&aacute;mides, mientras ellos pasan fr&iacute;o y no tienen ni una hoja verde, ni una manzana.
- S&iacute;, nos vengaremos -se cuchichearon unos a otros; y reanudaron sus ejercicios de vuelo.
De todos los muchachuelos de la calle, el m&aacute;s empe&ntilde;ado en cantar la canci&oacute;n de burla, y el que hab&iacute;a empezado con ella, era precisamente un rapaz muy peque&ntilde;o, que no contar&iacute;a m&aacute;s all&aacute; de 6 a&ntilde;os. Las cig&uuml;e&ntilde;itas, empero, cre&iacute;an que ten&iacute;a lo menos cien, pues era mucho m&aacute;s corpulento que su madre y su padre. &iexcl;Qu&eacute; sab&iacute;an ellas de la edad de los ni&ntilde;os y de las personas mayores! Este fue el ni&ntilde;o que ellas eligieron como objeto de su venganza, por ser el iniciador de la ofensiva burla y llevar siempre la voz cantante. Las j&oacute;venes cig&uuml;e&ntilde;as estaban realmente indignadas, y cuanto m&aacute;s crec&iacute;an, menos dispuestas se sent&iacute;an a sufrirlo. Al fin su madre hubo de prometerles que las dejar&iacute;a vengarse, pero a condici&oacute;n de que fuese el &uacute;ltimo d&iacute;a de su permanencia en el pa&iacute;s.
- Antes hemos de ver qu&eacute; tal os port&aacute;is en las grandes maniobras; si lo hac&eacute;is mal y el general os traspasa el pecho de un picotazo, entonces los chiquillos habr&aacute;n tenido raz&oacute;n, en parte al menos. Hemos de verlo, pues.
- &iexcl;Si, ya ver&aacute;s! -dijeron las cr&iacute;as, redoblando su aplicaci&oacute;n. Se ejercitaban todos los d&iacute;as, y volaban con tal ligereza y primor, que daba gusto.
Y lleg&oacute; el oto&ntilde;o. Todas las cig&uuml;e&ntilde;as empezaron a reunirse para emprender juntas el vuelo a las tierras c&aacute;lidas, mientras en la nuestra reina el invierno. &iexcl;Qu&eacute; de impresionantes maniobras!. Hab&iacute;a que volar por encima de bosques y pueblos, para comprobar la capacidad de vuelo, pues era muy largo el viaje que les esperaba. Los peque&ntilde;os se portaron tan bien, que obtuvieron un &laquo;sobresaliente con rana y culebra&raquo;. Era la nota mejor, y la rana y la culebra pod&iacute;an com&eacute;rselas; fue un buen bocado.
- &iexcl;Ahora, la venganza! -dijeron.
- &iexcl;S&iacute;, desde luego! -asinti&oacute; la madre cig&uuml;e&ntilde;a-. Ya he estado yo pensando en la m&aacute;s apropiada. S&eacute; donde se halla el estanque en que yacen todos los ni&ntilde;os chiquitines, hasta que las cig&uuml;e&ntilde;as vamos a buscarlos para llevarlos a los padres. Los lindos peque&ntilde;uelos duermen all&iacute;, so&ntilde;ando cosas tan bellas como nunca mas volver&aacute;n a so&ntilde;arlas. Todos los padres suspiran por tener uno de ellos, y todos los ni&ntilde;os desean un hermanito o una hermanita. Pues bien, volaremos al estanque y traeremos uno para cada uno de los chiquillos que no cantaron la canci&oacute;n y se portaron bien con las cig&uuml;e&ntilde;as.
- Pero, &iquest;y el que empez&oacute; con la canci&oacute;n, aquel mocoso delgaducho y feo -gritaron los pollos-, qu&eacute; hacemos con &eacute;l?
- En el estanque yace un ni&ntilde;ito muerto, que muri&oacute; mientras so&ntilde;aba. Pues lo llevaremos para &eacute;l. Tendr&aacute; que llorar porque le habremos tra&iacute;do un hermanito muerto; en cambio, a aquel otro muchachito bueno - no lo habr&eacute;is olvidado, el que dijo que era pecado burlarse de los animales -, a aqu&eacute;l le llevaremos un hermanito y una hermanita, y como el muchacho se llamaba Pedro, todos vosotros os llamar&eacute;is tambi&eacute;n Pedro.
Y fue tal como dijo, y todas las cr&iacute;as de las cig&uuml;e&ntilde;as se llamaron Pedro, y todav&iacute;a siguen llam&aacute;ndose as&iacute;.

</description>
</item>

<item>
<title>Andersen, Hans Christian - La vieja losa sepulcral</title>
<link>http://www.noteolvido.com/modules.php?name=News&amp;file=article&amp;sid=129</link>
<description>

Hans Christian Andersen

La vieja losa sepulcral




************


En una peque&ntilde;a ciudad, toda una familia se hallaba reunida, un atardecer de la estaci&oacute;n en que se dice que &laquo;las veladas se hacen m&aacute;s largas&raquo;, en casa del propietario de una granja. El tiempo era todav&iacute;a templado y tibio; hab&iacute;an encendido la l&aacute;mpara, las largas cortinas colgaban delante de las ventanas, donde se ve&iacute;an grandes macetas, y en el exterior brillaba la luna; pero no hablaban de ella, sino de una gran piedra situada en la era, al lado de la puerta de la cocina, y sobre la cual las sirvientas sol&iacute;an colocar la vajilla de cobre bru&ntilde;ida para que se secase al sol, y donde los ni&ntilde;os gustaban de jugar. En realidad era una antigua losa sepulcral.
- S&iacute; -dec&iacute;a el propietario-, creo que procede de la iglesia derruida del viejo convento. Vendieron el p&uacute;lpito, las estatuas y las losas funerarias. Mi padre, que en gloria est&eacute;, compr&oacute; varias, que fueron cortadas en dos para baldosas; pero &eacute;sta sobr&oacute;, y ah&iacute; la dejaron en la era.
- Bien se ve que es una losa sepulcral -dijo el mayor de los ni&ntilde;os-. A&uacute;n puede distinguirse en ella un reloj de arena y un pedazo de un &aacute;ngel; pero la inscripci&oacute;n est&aacute; casi borrada; s&oacute;lo queda el nombre de Preben y una S may&uacute;scula detr&aacute;s; un poco m&aacute;s abajo se lee Marthe. Es cuanto puede sacarse, y a&uacute;n todo eso s&oacute;lo se ve cuando ha llovido y el agua ha lavado la piedra.
- &iexcl;Dios m&iacute;o, pero si es la losa de Preben Svane y de su mujer! -exclam&oacute; un hombre muy viejo; por su edad hubiera podido ser el abuelo de todos los reunidos en la habitaci&oacute;n-. S&iacute;, aquel matrimonio fue uno de los &uacute;ltimos que recibieron sepultura en el cementerio del antiguo convento. Era una respetable pareja de mis a&ntilde;os mozos. Todos los conoc&iacute;an y todos los quer&iacute;an; eran la pareja m&aacute;s anciana de la ciudad. Corr&iacute;a el rumor de que pose&iacute;an m&aacute;s de una tonelada de oro, y, no obstante, vest&iacute;an con gran sencillez, con prendas de las telas m&aacute;s bastas, aunque siempre muy aseados. Formaban una simp&aacute;tica pareja de viejos, Preben y su Marta. Daba gusto verlos sentados en aquel banco de la alta escalera de piedra de la casa, bajo las ramas del viejo tilo, saludando y gesticulando, con su expresi&oacute;n amable y bondadosa. En caritativos no hab&iacute;a quien les ganara; daban de comer a los pobres y los vest&iacute;an, y ejerc&iacute;an su caridad con delicadeza y verdadero esp&iacute;ritu cristiano. La mujer muri&oacute; la primera; recuerdo muy bien el d&iacute;a. Era yo un chiquillo y estaba con mi padre en casa del viejo Preben, cuando su esposa acababa de fallecer; el pobre hombre estaba muy emocionado, y lloraba como un ni&ntilde;o. El cad&aacute;ver se hallaba a&uacute;n en el dormitorio contiguo; Preben habl&oacute; a mi padre y a varios vecinos de lo solo que iba a encontrarse en adelante, de lo buena que ella hab&iacute;a sido, de los muchos a&ntilde;os que hab&iacute;an vivido juntos y de c&oacute;mo se hab&iacute;an conocido y enamorado. Yo era muy ni&ntilde;o, como he dicho, me limitaba a escuchar; pero me caus&oacute; una enorme impresi&oacute;n o&iacute;r al viejo y ver como iba anim&aacute;ndose poco a poco y le volv&iacute;an los colores a la cara al contar sus d&iacute;as de noviazgo, y cu&aacute;n bonita hab&iacute;a sido ella, y los inocentes ardides de que &eacute;l se hab&iacute;a valido para verla. Y nos habl&oacute; tambi&eacute;n del d&iacute;a de la boda; sus ojos se iluminaron, y el buen hombre revivi&oacute; aquel tiempo feliz... y he aqu&iacute; que ahora yac&iacute;a ella muerta en el aposento contiguo, y &eacute;l, viejo tambi&eacute;n, hablando del tiempo de la esperanza... s&iacute;, as&iacute; van las cosas. Entonces era yo un ni&ntilde;o, y hoy soy viejo, tan viejo como Preben Svane. Pasa el tiempo y todo cambia. Me acuerdo muy bien del entierro; el viejo Preben segu&iacute;a detr&aacute;s del f&eacute;retro. Pocos a&ntilde;os antes, el matrimonio hab&iacute;a mandado esculpir su losa sepulcral, con la inscripci&oacute;n y los nombres, todo excepto el a&ntilde;o de la muerte; al atardecer transportaron la piedra y la aplicaron sobre la tumba... para volver a levantarla un a&ntilde;o m&aacute;s tarde, cuando el viejo Preben fue a reunirse con su esposa. No dejaron el tesoro del que hablaba la gente; lo que qued&oacute; fue para una familia que resid&iacute;a muy lejos y de la que nadie sab&iacute;a la menor cosa. La casa de entramado de madera, con el banco en lo alto de la escalera de piedra bajo el tilo, fue derribada por orden de la autoridad; era demasiado vieja y ruinosa para dejarla en pie. M&aacute;s tarde, cuando la iglesia conventual corri&oacute; la misma suerte, y fue cerrado el cementerio, la losa sepulcral de Preben y su Marta fue a parar, como todo lo dem&aacute;s de all&iacute;, a manos de quien quiso comprarlo, y ha querido el azar que esta piedra no haya sido rota a pedazos y usada para baldosa, sino que se ha quedado en la era, lugar de juego para los ni&ntilde;os, plataforma para la vajilla fregada de las sirvientas. La carretera empedrada pasa hoy por encima del lugar donde descansan el viejo Preben y su mujer. &iquest;Qui&eacute;n se acuerda ya de ellos? -. Y el anciano mene&oacute; la cabeza melanc&oacute;licamente-. &iexcl;Olvidados! Todo se olvida -concluy&oacute;.
Y entonces se empez&oacute; a hablar de otras cosas; pero el muchachito, un ni&ntilde;o de grandes ojos serios, se hab&iacute;a subido a una silla y miraba a la era, donde la luna enviaba su blanca luz a la vieja losa, aquella piedra que antes le pareciera siempre vac&iacute;a y lisa, pero que ahora yac&iacute;a all&iacute; como una hoja entera de un libro de Historia. Todo lo que el muchacho acaba de o&iacute;r acerca de Preben y su mujer viv&iacute;a en aquella losa; y &eacute;l la miraba, y luego levantaba los ojos hacia la clara luna, colgada en el alto cielo pur&iacute;simo; era como si el rostro de Dios brillase sobre la Tierra.
- &iexcl;Olvidado! Todo se olvida -se oy&oacute; en el cuarto, y en el mismo momento un &aacute;ngel invisible bes&oacute; al ni&ntilde;o en el pecho y en la frente y le murmur&oacute; al o&iacute;do: - &iexcl;Guarda bien la semilla que te han dado, gu&aacute;rdala hasta el d&iacute;a de su maduraci&oacute;n! Por ti, hijo m&iacute;o, esta inscripci&oacute;n borrada, esta losa desgastada por la intemperie, resucitar&aacute; en trazos de oro para las generaciones venideras. El anciano matrimonio volver&aacute; a recorrer, cogido del brazo, las viejas calles, y se sentar&aacute; de nuevo, sonriente y con rojas mejillas, en la escalera bajo el tilo, saludando a ricos y pobres. La semilla de esta hora germinar&aacute; a lo largo de los a&ntilde;os, para transformarse en un florido poema. Lo bueno y lo bello no cae en el olvido; sigue viviendo en la leyenda y en la canci&oacute;n.

</description>
</item>

<item>
<title>Andersen, Hans Christian - La &uacute;ltima perla</title>
<link>http://www.noteolvido.com/modules.php?name=News&amp;file=article&amp;sid=128</link>
<description>

Hans Christian Andersen

La &uacute;ltima perla



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Era una casa rica, una casa feliz; todos, se&ntilde;ores, criados e incluso los amigos eran dichosos y alegres, pues acababa de nacer un heredero, un hijo, y tanto la madre como el ni&ntilde;o estaban perfectamente.
Se hab&iacute;a velado la luz de la l&aacute;mpara que iluminaba el recogido dormitorio, ante cuyas ventanas colgaban pesadas cortinas de preciosas sedas. La alfombra era gruesa y mullida como musgo; todo invitaba al sue&ntilde;o, al reposo, y a esta tentaci&oacute;n cedi&oacute; tambi&eacute;n la enfermera, y se qued&oacute; dormida; bien pod&iacute;a hacerlo, pues todo andaba bien y felizmente. El esp&iacute;ritu protector de la casa estaba a la cabecera de la cama; dir&iacute;ase que sobre el ni&ntilde;o, reclinado en el pecho de la madre, se extend&iacute;a una red de rutilantes estrellas, cada una de las cuales era una perla de la felicidad. Todas las hadas buenas de la vida hab&iacute;an aportado sus dones al reci&eacute;n nacido; brillaban all&iacute; la salud, la riqueza, la dicha y el amor; en suma, todo cuanto el hombre puede desear en la Tierra.
- Todo lo han tra&iacute;do - dijo el esp&iacute;ritu protector.
- &iexcl;No! - oy&oacute;se una voz cercana, la del &aacute;ngel custodio del ni&ntilde;o -. Hay un hada que no ha tra&iacute;do a&uacute;n su don, pero vendr&aacute;, lo traer&aacute; alg&uacute;n d&iacute;a, aunque sea de aqu&iacute; a muchos a&ntilde;os. Falta a&uacute;n la &uacute;ltima perla.
- &iquest;Falta? Aqu&iacute; no puede faltar nada, y si fuese as&iacute; hay que ir en busca del hada poderosa. &iexcl;Vamos a buscarla!
- &iexcl;Vendr&aacute;, vendr&aacute;! Hace falta su perla para completar la corona.
- &iquest;D&oacute;nde vive? &iquest;D&oacute;nde est&aacute; su morada? D&iacute;melo, ir&eacute; a buscar la perla.
- T&uacute; lo quieres - dijo el &aacute;ngel bueno del ni&ntilde;o - yo te guiar&eacute; dondequiera que sea. No tiene residencia fija, lo mismo va al palacio del Emperador como a la caba&ntilde;a del m&aacute;s pobre campesino; no pasa junto a nadie sin dejar huella; a todos les aporta su d&aacute;diva, a unos un mundo, a otros un juguete. Habr&aacute; de venir tambi&eacute;n para este ni&ntilde;o. &iquest;Piensas t&uacute; que no todos los momentos son iguales? Pues bien, iremos a buscar la perla, la &uacute;ltima de este tesoro.
Y, cogidos de la mano, se echaron a volar hacia el lugar donde a la saz&oacute;n resid&iacute;a el hada.
Era una casa muy grande, con oscuros corredores, cuartos vac&iacute;os y singularmente silenciosa; una serie de ventanas abiertas dejaban entrar el aire fr&iacute;o, cuya corriente hac&iacute;a ondear las largas cortinas blancas.
En el centro de la habitaci&oacute;n se ve&iacute;a un ata&uacute;d abierto, con el cad&aacute;ver de una mujer joven a&uacute;n. Lo rodeaban gran cantidad de preciosas y frescas rosas, de tal modo que s&oacute;lo quedaban visibles las finas manos enlazadas y el rostro transfigurado por la muerte, en el que se expresaba la noble y sublime gravedad de la entrega a Dios.
Junto al f&eacute;retro estaban, de pie, el marido y los ni&ntilde;os, en gran n&uacute;mero; el m&aacute;s peque&ntilde;o, en brazos del padre. Era el &uacute;ltimo adi&oacute;s a la madre; el esposo le bes&oacute; la mano, seca ahora como hoja ca&iacute;da, aquella mano que hasta poco antes hab&iacute;a estado laborando con diligencia y amor. Gruesas y amargas l&aacute;grimas ca&iacute;an al suelo, pero nadie pronunciaba una palabra; el silencio encerraba all&iacute; todo un mundo de dolor. Callados y sollozando, salieron de la habitaci&oacute;n.
Ard&iacute;a un cirio, la llama vacilaba al viento, envolviendo el rojo y alto pabilo. Entraron hombres extra&ntilde;os, que colocaron la tapa del f&eacute;retro y la sujetaron con clavos; los martillazos resonaron por las habitaciones y pasillos de la casa, y m&aacute;s fuertemente a&uacute;n en los corazones sangrantes.
- &iquest;Ad&oacute;nde me llevas? - pregunt&oacute; el esp&iacute;ritu protector -. Aqu&iacute; no mora ning&uacute;n hada cuyas perlas formen parte de los dones mejores de la vida.
- Pues aqu&iacute; es donde est&aacute;, ahora, en este momento solemne - replic&oacute; el &aacute;ngel custodio, se&ntilde;alando un rinc&oacute;n del aposento; y all&iacute;, en el lugar donde en vida la madre se sentara entre flores y estampas, desde el cual, como hada bienhechora del hogar hab&iacute;a acogido amorosa al marido, a los hijos y a los amigos, y desde donde, cual un rayo de sol, hab&iacute;a esparcido la alegr&iacute;a por toda la casa, como el eje y el coraz&oacute;n de la familia, en aquel rinc&oacute;n hab&iacute;a ahora una mujer extra&ntilde;a, vestida con un largo y amplio ropaje: era la Aflicci&oacute;n, se&ntilde;ora y madre ahora en el puesto de la muerta. Una l&aacute;grima ardiente rod&oacute; por su seno y se transform&oacute; en una perla, que brillaba con todos los colores del arco iris. Recogi&oacute;la el &aacute;ngel, y entonces, adquiri&oacute; el brillo de una estrella de siete matices.
- La perla de la aflicci&oacute;n, la &uacute;ltima, que no puede faltar. Realza el brillo y el poder de las otras. &iquest;Ves el resplandor del arco iris, que une la tierra con el cielo? Con cada una de las personas queridas que nos preceden en la muerte, tenemos en el cielo un amigo m&aacute;s con quien deseamos reunirnos. A trav&eacute;s de la noche terrena miramos las estrellas, la &uacute;ltima perfecci&oacute;n. Cont&eacute;mplala, la perla de la aflicci&oacute;n; en ella est&aacute;n las alas de Psique, que nos levantar&aacute;n de aqu&iacute;.

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<title>Andersen, Hans Christian - La sombra</title>
<link>http://www.noteolvido.com/modules.php?name=News&amp;file=article&amp;sid=127</link>
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Hans Christian Andersen

La sombra



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&iexcl;Es terrible lo que quema el sol en los pa&iacute;ses c&aacute;lidos! Las gentes se vuelven muy morenas, y en los pa&iacute;ses m&aacute;s t&oacute;rridos su piel se quema hasta hacerse negra. Pero ahora vais a o&iacute;r la historia de un sabio que de los pa&iacute;ses fr&iacute;os pas&oacute; sin transici&oacute;n a los c&aacute;lidos, y cre&iacute;a que podr&iacute;a seguir viviendo all&iacute; como en su tierra. Muy pronto tuvo que cambiar de opini&oacute;n. Durante el d&iacute;a tuvo que seguir el ejemplo de todas las personas juiciosas: permanecer en casa, con los postigos de puertas y ventanas bien cerrados. Hubi&eacute;rase dicho que la casa entera dorm&iacute;a o que no hab&iacute;a nadie en ella. Para empeorar las cosas, la estrecha calle de altos edificios, en la que resid&iacute;a nuestro hombre, estaba orientada de manera que en ella daba el sol desde el mediod&iacute;a hasta el ocaso; era realmente inaguantable. El sabio de las tierras fr&iacute;as era un hombre joven e inteligente; ten&iacute;a la impresi&oacute;n de estar encerrado en un horno ardiente, y aquello lo afect&oacute; de tal modo que adelgaz&oacute; terriblemente, tanto, que hasta su sombra se contrajo y redujo, volvi&eacute;ndose mucho m&aacute;s peque&ntilde;a que cuando se hallaba en su pa&iacute;s; el sol la absorb&iacute;a tambi&eacute;n. S&oacute;lo se recuperaban al anochecer, una vez el astro se hab&iacute;a ocultado.
Era un espect&aacute;culo que daba gusto. No bien se encend&iacute;a la luz de la habitaci&oacute;n, la sombra se proyectaba entera en la pared, en toda su longitud; deb&iacute;a estirarse para recobrar las fuerzas. El sabio sal&iacute;a al balc&oacute;n, para estirarse en &eacute;l, y en cuanto aparec&iacute;an las estrellas en el cielo sereno y maravilloso, se sent&iacute;a pasar de muerte a vida.
En todos los balcones de las casas - en los pa&iacute;ses c&aacute;lidos, todas las casas tienen balcones - se ve&iacute;a gente; pues el aire es imprescindible, incluso cuando se es moreno como la caoba. Todo se animaba, arriba y abajo. Zapateros, sastres y ciudadanos en general sal&iacute;an a la calle con sus mesas y sillas, y ard&iacute;a la luz, y m&aacute;s de mil luces, y todos hablaban unos con otros y cantaban, y algunos paseaban, mientras rodaban coches y pasaban mulos, haciendo sonar sus cascabeles. Desfilaban entierros al son de cantos f&uacute;nebres, los golfillos callejeros encend&iacute;an petardos, repicaban las campanas; en suma, que en la calle reinaba una gran animaci&oacute;n. Una sola casa, la fronteriza a la ocupada por el sabio extranjero, se manten&iacute;a en absoluto silencio, y, sin embargo, la habitaba alguien, pues hab&iacute;a flores en el balc&oacute;n, flores que crec&iacute;an ub&eacute;rrimas bajo el sol ardoroso, cosa que habr&iacute;a sido imposible de no ser regadas; alguien deb&iacute;a regarlas, pues, y, por tanto, alguien deb&iacute;a de vivir en la casa. Al atardecer abr&iacute;an tambi&eacute;n el balc&oacute;n, pero el interior quedaba oscuro, por lo menos las habitaciones delanteras; del fondo llegaba m&uacute;sica. Al sabio extranjero aquella m&uacute;sica le parec&iacute;a maravillosa, pero tal vez era pura imaginaci&oacute;n suya, pues lo encontraba todo estupendo en los pa&iacute;ses c&aacute;lidos; &iexcl;l&aacute;stima que el sol quemara tanto! El patr&oacute;n de la casa donde resid&iacute;a le dijo que ignoraba qui&eacute;n viv&iacute;a enfrente; nunca se ve&iacute;a a nadie, y en cuanto a la m&uacute;sica, la encontraba aburrida. Era como si alguien estudiase una pieza, siempre la misma, sin lograr aprenderla. &laquo;&iexcl;La sacar&eacute;!&raquo;, piensa; pero no lo conseguir&aacute;, por mucho que toque.
Una noche el forastero se despert&oacute;. Dorm&iacute;a con el balc&oacute;n abierto, el viento levant&oacute; la cortina, y al hombre le pareci&oacute; que del balc&oacute;n fronterizo ven&iacute;a un brillo misterioso; todas las flores reluc&iacute;an como llamas, con los colores m&aacute;s espl&eacute;ndidos, y en medio de ellas hab&iacute;a una esbelta y hermosa doncella; parec&iacute;a brillar ella tambi&eacute;n. El sabio se sinti&oacute; deslumbrado, pero hizo un esfuerzo para sacudiese el sue&ntilde;o y abri&oacute; los ojos cuanto pudo. De un salto baj&oacute; de la cama; sin hacer ruido se desliz&oacute; detr&aacute;s de la cortina, pero la muchacha hab&iacute;a desaparecido, y tambi&eacute;n el resplandor; las flores no reluc&iacute;an ya, pero segu&iacute;an tan hermosas como de costumbre; la puerta estaba entornada, y en el fondo resonaba una m&uacute;sica tan deliciosa, que verdaderamente parec&iacute;a cosa de sue&ntilde;o. Era como un hechizo; pero, &iquest;qui&eacute;n viv&iacute;a all&iacute;? &iquest;D&oacute;nde estaba la entrada propiamente dicha? La planta baja estaba enteramente ocupada por tiendas, y no era posible que en &eacute;stas estuviera la entrada.
Un atardecer se hallaba el sabio sentado en su balc&oacute;n; ten&iacute;a la luz a su espalda, por lo que era natural que su sombra se proyectase sobre la pared de enfrente, al otro lado de la calle, entre las flores del balc&oacute;n; y cuando el extranjero se mov&iacute;a, mov&iacute;ase tambi&eacute;n ella, como ya se comprende.
- Creo que mi sombra es lo &uacute;nico viviente que se ve ah&iacute; delante -dijo el sabio-. &iexcl;Cuidado que est&aacute; graciosa, sentada entre las flores! La puerta est&aacute; entreabierta. Es una oportunidad que mi sombra podr&iacute;a aprovechar para entrar adentro; a la vuelta me contar&iacute;a lo que hubiese visto. &iexcl;Venga, sombra -dijo bromeando-, an&iacute;mate y s&iacute;rveme de algo! Entra, &iquest;quieres? -y le dirigi&oacute; un signo con la cabeza, signo que la sombra le devolvi&oacute;-. Bueno, vete, pero no te marches del todo -. El extranjero se levant&oacute;, y la sombra, en el balc&oacute;n fronterizo, levant&oacute;se a su vez; el hombre se volvi&oacute;, y la sombra se volvi&oacute; tambi&eacute;n. Si alguien hubiese reparado en ello, habr&iacute;a observado c&oacute;mo la sombra se met&iacute;a, por la entreabierta puerta del balc&oacute;n, en el interior de la casa de enfrente, al mismo tiempo que el forastero entraba en su habitaci&oacute;n, dejando caer detr&aacute;s de si la larga cortina.
A la ma&ntilde;ana siguiente nuestro sabio sali&oacute; a tomar caf&eacute; y leer los peri&oacute;dicos. - &iquest;Qu&eacute; significa esto? -dijo al entrar en el espacio soleado-. &iexcl;No tengo sombra! Entonces ser&aacute; cierto que se march&oacute; anoche y no ha vuelto. &iexcl;Esto s&iacute; que es bueno!
Le fastidiaba la cosa, no tanto por la ausencia de la sombra como porque conoc&iacute;a el cuento del hombre que hab&iacute;a perdido su sombra, cuento muy popular en los pa&iacute;ses fr&iacute;os. Y cuando el sabio volviera a su patria y explicara su aventura, todos lo acusar&iacute;an de plagiario, y no quer&iacute;a pasar por tal. Por eso prefiri&oacute; no hablar del asunto, y en esto obr&oacute; muy cuerdamente.
Al anochecer sali&oacute; de nuevo al balc&oacute;n, despu&eacute;s de colocar la luz detr&aacute;s de &eacute;l, pues sab&iacute;a que la sombra quiere tener siempre a su se&ntilde;or por pantalla; pero no hubo medio de hacerla comparecer. Se hizo peque&ntilde;o, se agrand&oacute;, pero la sombra no se dej&oacute; ver. El hombre la llam&oacute; con una tosecita significativa: &iexcl;ajem, ajem!, pero en vano.
Era, desde luego, para preocuparse, aunque en los pa&iacute;ses c&aacute;lidos todo crece con gran rapidez, y al cabo de ocho d&iacute;as observ&oacute; nuestro sabio, con gran satisfacci&oacute;n, que, tan pronto como sal&iacute;a el sol, le crec&iacute;a una sombra nueva a partir de las piernas; por lo visto, hab&iacute;an quedado las ra&iacute;ces. A las tres semanas ten&iacute;a una sombra muy decente, que, en el curso del viaje que emprendi&oacute; a las tierras septentrionales, fue creciendo gradualmente, hasta que al fin lleg&oacute; &aacute; ser tan alta y tan grande, que con la mitad le habr&iacute;a bastado.
As&iacute; lleg&oacute; el sabio a su tierra, donde escribi&oacute; libros acerca de lo que en el mundo hay de verdadero, de bueno y de bello. De esta manera pasaron d&iacute;as y a&ntilde;os; muchos a&ntilde;os.
Una tarde estaba nuestro hombre en su habitaci&oacute;n, y he aqu&iacute; que llamaron a la puerta muy quedito.
- &iexcl;Adelante! -dijo, pero no entr&oacute; nadie. Se levant&oacute; entonces y abri&oacute; la puerta: se present&oacute; a su vista un hombre tan delgado, que realmente daba grima verlo. Aparte esto, iba muy bien vestido, y con aire de persona distinguida.
- &iquest;Con qui&eacute;n tengo el honor de hablar? -pregunt&oacute; el sabio.
- Ya dec&iacute;a yo que no me reconocer&iacute;a -contest&oacute; el desconocido-. Me he vuelto tan corp&oacute;rea, que incluso tengo carne y vestidos. Nunca pens&oacute; usted en verme en este estado de prosperidad. &iquest;No reconoce a su antigua sombra? Sin duda crey&oacute; que ya no iba a volver. Pues lo he pasado muy bien desde que me separ&eacute; de usted. He prosperado en todos los aspectos. Me gustar&iacute;a comprar mi libertad, tengo medios para hacerlo -. E hizo tintinear un manojo de valiosos dijes que le colgaban del reloj, y puso la mano en la recia cadena de oro que llevaba alrededor del cuello. &iexcl;C&oacute;mo refulg&iacute;an los brillantes en sus dedos! Y todos aut&eacute;nticos, adem&aacute;s.

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<title>Andersen, Hans Christian - La sirenita</title>
<link>http://www.noteolvido.com/modules.php?name=News&amp;file=article&amp;sid=126</link>
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Hans Christian Andersen

La sirenita


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En alta mar el agua es azul como los p&eacute;talos de la m&aacute;s hermosa centaura, y clara como el cristal m&aacute;s puro; pero es tan profunda, que ser&iacute;a in&uacute;til echar el ancla, pues jam&aacute;s podr&iacute;a &eacute;sta alcanzar el fondo. Habr&iacute;a que poner muchos campanarios, unos encima de otros, para que, desde las honduras, llegasen a la superficie.
Pero no cre&aacute;is que el fondo sea todo de arena blanca y helada; en &eacute;l crecen tambi&eacute;n &aacute;rboles y plantas maravillosas, de tallo y hojas tan flexibles, que al menor movimiento del agua se mueven y agitan como dotadas de vida. Toda clase de peces, grandes y chicos, se deslizan por entre las ramas, exactamente como hacen las aves en el aire. En el punto de mayor profundidad se alza el palacio del rey del mar; las paredes son de coral, y las largas ventanas puntiagudas, del &aacute;mbar m&aacute;s transparente; y el tejado est&aacute; hecho de conchas, que se abren y cierran seg&uacute;n la corriente del agua. Cada una de estas conchas encierra perlas brillant&iacute;simas, la menor de las cuales honrar&iacute;a la corona de una reina.
Hac&iacute;a muchos a&ntilde;os que el rey del mar era viudo; su anciana madre cuidaba del gobierno de la casa. Era una mujer muy inteligente, pero muy pagada de su nobleza; por eso llevaba doce ostras en la cola, mientras que los dem&aacute;s nobles s&oacute;lo estaban autorizados a llevar seis. Por lo dem&aacute;s, era digna de todos los elogios, principalmente por lo bien que cuidaba de sus nietecitas, las princesas del mar. Estas eran seis, y todas bell&iacute;simas, aunque la m&aacute;s bella era la menor; ten&iacute;a la piel clara y delicada como un p&eacute;talo de rosa, y los ojos azules como el lago m&aacute;s profundo; como todas sus hermanas, no ten&iacute;a pies; su cuerpo terminaba en cola de pez.
Las princesas se pasaban el d&iacute;a jugando en las inmensas salas del palacio, en cuyas paredes crec&iacute;an flores. Cuando se abr&iacute;an los grandes ventanales de &aacute;mbar, los peces entraban nadando, como hacen en nuestras tierras las golondrinas cuando les abrimos las ventanas. Y los peces se acercaban a las princesas, comiendo de sus manos y dej&aacute;ndose acariciar.
Frente al palacio hab&iacute;a un gran jard&iacute;n, con &aacute;rboles de color rojo de fuego y azul oscuro; sus frutos brillaban como oro, y las flores parec&iacute;an llamas, por el constante movimiento de los pec&iacute;olos y las hojas. El suelo lo formaba arena fin&iacute;sima, azul como la llama del azufre. De arriba descend&iacute;a un maravilloso resplandor azul; m&aacute;s que estar en el fondo del mar, se ten&iacute;a la impresi&oacute;n de estar en las capas altas de la atm&oacute;sfera, con el cielo por encima y por debajo.
Cuando no soplaba viento, se ve&iacute;a el sol; parec&iacute;a una flor purp&uacute;rea, cuyo c&aacute;liz irradiaba luz.
Cada princesita ten&iacute;a su propio trocito en el jard&iacute;n, donde cavaba y plantaba lo que le ven&iacute;a en gana. Una hab&iacute;a dado a su porci&oacute;n forma de ballena; otra hab&iacute;a preferido que tuviese la de una sirenita. En cambio, la menor hizo la suya circular, como el sol, y todas sus flores eran rojas, como &eacute;l. Era una chiquilla muy especial, callada y cavilosa, y mientras sus hermanas hac&iacute;an gran fiesta con los objetos m&aacute;s raros procedentes de los barcos naufragados, ella s&oacute;lo jugaba con una estatua de m&aacute;rmol, adem&aacute;s de las rojas flores semejantes al sol. La estatua representaba un ni&ntilde;o hermos&iacute;simo, esculpido en un m&aacute;rmol muy blanco y n&iacute;tido; las olas la hab&iacute;an arrojado al fondo del oc&eacute;ano. La princesa plant&oacute; junto a la estatua un sauce llor&oacute;n color de rosa; el &aacute;rbol creci&oacute; espl&eacute;ndidamente, y sus ramas colgaban sobre el ni&ntilde;o de m&aacute;rmol, proyectando en el arenoso fondo azul su sombra violeta, que se mov&iacute;a a comp&aacute;s de aqu&eacute;llas; parec&iacute;a como si las ramas y las ra&iacute;ces jugasen unas con otras y se besasen.
Lo que m&aacute;s encantaba a la princesa era o&iacute;r hablar del mundo de los hombres, de all&aacute; arriba; la abuela ten&iacute;a que contarle todo cuanto sab&iacute;a de barcos y ciudades, de hombres y animales. Se admiraba sobre todo de que en la tierra las flores tuvieran olor, pues las del fondo del mar no ol&iacute;an a nada; y la sorprend&iacute;a tambi&eacute;n que los bosques fuesen verdes, y que los peces que se mov&iacute;an entre los &aacute;rboles cantasen tan melodiosamente. Se refer&iacute;a a los pajarillos, que la abuela llamaba peces, para que las ni&ntilde;as pudieran entenderla, pues no hab&iacute;an visto nunca aves.
- Cuando cumpl&aacute;is quince a&ntilde;os -dijo la abuela- se os dar&aacute; permiso para salir de las aguas, sentaros a la luz de la luna en los arrecifes y ver los barcos que pasan; entonces ver&eacute;is tambi&eacute;n bosques y ciudades.
Al a&ntilde;o siguiente, la mayor de las hermanas cumpli&oacute; los quince a&ntilde;os; todas se llevaban un a&ntilde;o de diferencia, por lo que la menor deb&iacute;a aguardar todav&iacute;a cinco, hasta poder salir del fondo del mar y ver c&oacute;mo son las cosas en nuestro mundo. Pero la mayor prometi&oacute; a las dem&aacute;s que al primer d&iacute;a les contar&iacute;a lo que viera y lo que le hubiera parecido m&aacute;s hermoso; pues por m&aacute;s cosas que su abuela les contase siempre quedaban muchas que ellas estaban curiosas por saber.
Ninguna, sin embargo, se mostraba tan impaciente como la menor, precisamente porque deb&iacute;a esperar a&uacute;n tanto tiempo y porque era tan callada y retra&iacute;da. Se pasaba muchas noches asomada a la ventana, dirigiendo la mirada a lo alto, contemplando, a trav&eacute;s de las aguas azuloscuro, c&oacute;mo los peces correteaban agitando las aletas y la cola. Alcanzaba tambi&eacute;n a ver la luna y las estrellas, que a trav&eacute;s del agua parec&iacute;an muy p&aacute;lidas, aunque mucho mayores de como las vemos nosotros. Cuando una nube negra las tapaba, la princesa sab&iacute;a que era una ballena que nadaba por encima de ella, o un barco con muchos hombres a bordo, los cuales jam&aacute;s hubieran pensado en que all&aacute; abajo hab&iacute;a una joven y encantadora sirena que extend&iacute;a las blancas manos hacia la quilla del nav&iacute;o. 
Lleg&oacute;, pues, el d&iacute;a en que la mayor de las princesas cumpli&oacute; quince a&ntilde;os, y se remont&oacute; hacia la superficie del mar.
A su regreso tra&iacute;a mil cosas que contar, pero lo m&aacute;s hermoso de todo, dijo, hab&iacute;a sido el tiempo que hab&iacute;a pasado bajo la luz de la luna, en un banco de arena, con el mar en calma, contemplando la cercana costa con una gran ciudad, donde las luces centelleaban como millares de estrellas, y oyendo la m&uacute;sica, el ruido y los rumores de los carruajes y las personas; tambi&eacute;n le hab&iacute;a gustado ver los campanarios y torres y escuchar el ta&ntilde;ido de las campanas.
&iexcl;Ah, con cu&aacute;nta avidez la escuchaba su hermana menor! Cuando, ya anochecido, sali&oacute; a la ventana a mirar a trav&eacute;s de las aguas azules, no pensaba en otra cosa sino en la gran ciudad, con sus ruidos y su bullicio, y le parec&iacute;a o&iacute;r el son de las campanas, que llegaba hasta el fondo del mar.
Al a&ntilde;o siguiente, la segunda obtuvo permiso para subir a la superficie y nadar en todas direcciones. Emergi&oacute; en el momento preciso en que el sol se pon&iacute;a, y aquel espect&aacute;culo le pareci&oacute; el m&aacute;s sublime de todos. De un extremo el otro, el sol era como de oro -dijo-, y las nubes, &iexcl;oh, las nubes, qui&eacute;n ser&iacute;a capaz de describir su belleza! Hab&iacute;an pasado encima de ella, rojas y moradas, pero con mayor rapidez volaba a&uacute;n, semejante a un largo velo blanco, una bandada de cisnes salvajes; volaban en direcci&oacute;n al sol; pero el astro se ocult&oacute;, y en un momento desapareci&oacute; el tinte rosado del mar y de las nubes.
Al cabo de otro a&ntilde;o toc&oacute;le el turno a la hermana tercera, la m&aacute;s audaz de todas; por eso remont&oacute; un r&iacute;o que desembocaba en el mar. Vio deliciosas colinas verdes cubiertas de p&aacute;mpanos, y palacios y cortijos que destacaban entre magn&iacute;ficos bosques; oy&oacute; el canto de los p&aacute;jaros, y el calor del sol era tan intenso, que la sirena tuvo que sumergirse varias veces para refrescarse el rostro ardiente. En una peque&ntilde;a bah&iacute;a se encontr&oacute; con una multitud de chiquillos que corr&iacute;an desnudos y chapoteaban en el agua. Quiso jugar con ellos, pero los peque&ntilde;os huyeron asustados, y entonces se le acerc&oacute; un animalito negro, un perro; jam&aacute;s hab&iacute;a visto un animal parecido, y como ladraba terriblemente, la princesa tuvo miedo y corri&oacute; a refugiarse en alta mar. Nunca olvidar&iacute;a aquellos soberbios bosques, las verdes colinas y el tropel de chiquillos, que pod&iacute;an nadar a pesar de no tener cola de pez.
La cuarta de las hermanas no fue tan atrevida; no se movi&oacute; del alta mar, y dijo que &eacute;ste era el lugar m&aacute;s hermoso; desde &eacute;l se divisaba un espacio de muchas millas, y el cielo semejaba una campana de cristal. Hab&iacute;a visto barcos, pero a gran distancia; parec&iacute;an gaviotas; los graciosos delfines hab&iacute;an estado haciendo piruetas, y enormes ballenas la hab&iacute;an cortejado proyectando agua por las narices como centenares de surtidores. 
Al otro a&ntilde;o toc&oacute; el turno a la quinta hermana; su cumplea&ntilde;os ca&iacute;a justamente en invierno; por eso vio lo que las dem&aacute;s no hab&iacute;an visto la primera vez. El mar aparec&iacute;a intensamente verde, v en derredor flotaban grandes icebergs, parecidos a perlas -dijo- y, sin embargo, mucho mayores que los campanarios que constru&iacute;an los hombres. Adoptaban las formas m&aacute;s caprichosas y brillaban como diamantes. Ella se hab&iacute;a sentado en la c&uacute;spide del m&aacute;s voluminoso, y todos los veleros se desviaban aterrorizados del lugar donde ella estaba, con su larga cabellera ondeando al impulso del viento; pero hacia el atardecer el cielo se hab&iacute;a cubierto de nubes, y hab&iacute;an estallado rel&aacute;mpagos y truenos, mientras el mar, ahora negro, levantaba los enormes bloques de hielo que brillaban a la roja luz de los rayos. En todos los barcos arriaban las velas, y las tripulaciones eran presa de angustia y de terror; pero ella habla seguido sentada tranquilamente en su iceberg contemplando los rayos azules que zigzagueaban sobre el mar reluciente.
La primera vez que una de las hermanas sali&oacute; a la superficie del agua, todas las dem&aacute;s quedaron encantadas oyendo las novedades y bellezas que hab&iacute;a visto; pero una vez tuvieron permiso para subir cuando les viniera en gana, aquel mundo nuevo pas&oacute; a ser indiferente para ellas. Sent&iacute;an la nostalgia del suyo, y al cabo de un mes afirmaron que sus parajes submarinos eran los m&aacute;s hermosos de todos, y que se sent&iacute;an muy bien en casa.
Alg&uacute;n que otro atardecer, las cinco hermanas se cog&iacute;an de la mano y sub&iacute;an juntas a la superficie. Ten&iacute;an bell&iacute;simas voces, mucho m&aacute;s bellas que cualquier humano y cuando se fraguaba alguna tempestad, se situaban ante los barcos que corr&iacute;an peligro de naufragio, y con arte exquisito cantaban a los marineros las bellezas del fondo del mar, anim&aacute;ndolos a no temerlo; pero los hombres no comprend&iacute;an sus palabras, y cre&iacute;an que eran los ruidos de la tormenta, y nunca les era dado contemplar las magnificencias del fondo, pues si el barco se iba a pique, los tripulantes se ahogaban, y al palacio del rey del mar s&oacute;lo llegaban cad&aacute;veres.
Cuando, al anochecer, las hermanas, cogidas del brazo, sub&iacute;an a la superficie del oc&eacute;ano, la menor se quedaba abajo sola, mir&aacute;ndolas con ganas de llorar; pero una sirena no tiene l&aacute;grimas, y por eso es mayor su sufrimiento.
- Ay si tuviera quince a&ntilde;os! -dec&iacute;a -. S&eacute; que me gustar&aacute; el mundo de all&aacute; arriba, y amar&eacute; a los hombres que lo habitan.
Y como todo llega en este mundo, al fin cumpli&oacute; los quince a&ntilde;os. - Bien, ya eres mayor -le dijo la abuela, la anciana reina viuda-. Ven, que te ataviar&eacute; como a tus hermanas-. Y le puso en el cabello una corona de lirios blancos; pero cada p&eacute;talo era la mitad de una perla, y la anciana mand&oacute; adherir ocho grandes ostras a la cola de la princesa como distintivo de su alto rango.
- &iexcl;Duele! -exclamaba la doncella.
- Hay que sufrir para ser hermosa -contest&oacute; la anciana.
La doncella de muy buena gana se habr&iacute;a sacudido todas aquellos adornos y la pesada diadema, para quedarse vestida con las rojas flores de su jard&iacute;n; pero no se atrevi&oacute; a introducir novedades. - &iexcl;Adi&oacute;s! - dijo, elev&aacute;ndose, ligera y di&aacute;fana a trav&eacute;s del agua, como una burbuja. 
El sol acababa de ocultarse cuando la sirena asom&oacute; la cabeza a la superficie; pero las nubes reluc&iacute;an a&uacute;n como rosas y oro, y en el rosado cielo brillaba la estrella vespertina, tan clara y bella; el aire era suave y fresco, y en el mar reinaba absoluta calma. Hab&iacute;a a poca distancia un gran barco de tres palos; una sola vela estaba izada, pues no se mov&iacute;a ni la m&aacute;s leve brisa, y en cubierta se ve&iacute;an los marineros por entre las jarcias y sobre las p&eacute;rtigas. Hab&iacute;a m&uacute;sica y canto, y al oscurecer encendieron centenares de farolillos de colores; parec&iacute;a como si ondeasen al aire las banderas de todos los pa&iacute;ses. La joven sirena se acerc&oacute; nadando a las ventanas de los camarotes, y cada vez que una ola la levantaba, pod&iacute;a echar una mirada a trav&eacute;s de los cristales, l&iacute;mpidos como espejos, y ve&iacute;a muchos hombres magn&iacute;ficamente ataviados. El m&aacute;s hermoso, empero, era el joven pr&iacute;ncipe, de grandes ojos negros. Seguramente no tendr&iacute;a mas all&aacute; de diecis&eacute;is a&ntilde;os; aquel d&iacute;a era su cumplea&ntilde;os, y por eso se celebraba la fiesta. Los marineros bailaban en cubierta, y cuando sali&oacute; el pr&iacute;ncipe se dispararon m&aacute;s de cien cohetes, que brillaron en el aire, ilumin&aacute;ndolo como la luz de d&iacute;a, por lo cual la sirena, asustada, se apresur&oacute; a sumergirse unos momentos; cuando volvi&oacute; a asomar a flor de agua, le pareci&oacute; como si todas las estrellas del cielo cayesen sobre ella. Nunca hab&iacute;a visto fuegos artificiales. Grandes soles zumbaban en derredor, magn&iacute;ficos peces de fuego surcaban el aire azul, reflej&aacute;ndose todo sobre el mar en calma. En el barco era tal la claridad, que pod&iacute;a distinguirse cada cuerda, y no digamos los hombres. &iexcl;Ay, qu&eacute; guapo era el joven pr&iacute;ncipe! Estrechaba las manos a los marinos, sonriente, mientras la m&uacute;sica sonaba en la noche.
Pasaba el tiempo, y la peque&ntilde;a sirena no pod&iacute;a apartar los ojos del nav&iacute;o ni del apuesto pr&iacute;ncipe. Apagaron los faroles de colores, los cohetes dejaron de elevarse y cesaron tambi&eacute;n los ca&ntilde;onazos, pero en las profundidades del mar aumentaban los ruidos. Ella segu&iacute;a meci&eacute;ndose en la superficie, para echar una mirada en el interior de los camarotes a cada vaiv&eacute;n de las olas. Luego el barco aceler&oacute; su marcha, izaron todas las velas, una tras otra, y, a medida que el oleaje se intensificaba, el cielo se iba cubriendo de nubes; en la lejan&iacute;a zigzagueaban ya los rayos. Se estaba preparando una tormenta horrible, y los marinos hubieron de arriar nuevamente las velas. El buque se balanceaba en el mar enfurecido, las olas se alzaban como enormes monta&ntilde;as negras que amenazaban estrellarse contra los m&aacute;stiles; pero el barco segu&iacute;a flotando como un cisne, hundi&eacute;ndose en los abismos y levant&aacute;ndose hacia el cielo alternativamente, juguete de las aguas enfurecidas. A la joven sirena le parec&iacute;a aquello un delicioso paseo, pero los marineros pensaban muy de otro modo. El barco cruj&iacute;a y crepitaba, las gruesas planchas se torc&iacute;an a los embates del mar. El palo mayor se parti&oacute; como si fuera una ca&ntilde;a, y el barco empez&oacute; a tambalearse de un costado al otro, mientras el agua penetraba en &eacute;l por varios puntos. S&oacute;lo entonces comprendi&oacute; la sirena el peligro que corr&iacute;an aquellos hombres; ella misma ten&iacute;a que ir muy atenta para esquivar los maderos y restos flotantes. Unas veces la oscuridad era tan completa, que la sirena no pod&iacute;a distinguir nada en absoluto; otras veces los rel&aacute;mpagos daban una luz viv&iacute;sima, permiti&eacute;ndole reconocer a los hombres del barco. Buscaba especialmente al pr&iacute;ncipe, y, al partirse el nav&iacute;o, lo vio hundirse en las profundidades del mar. Su primer sentimiento fue de alegr&iacute;a, pues ahora iba a tenerlo en sus dominios; pero luego record&oacute; que los humanos no pueden vivir en el agua, y que el hermoso joven llegar&iacute;a muerto al palacio de su padre. No, no era posible que muriese; por eso ech&oacute; ella a nadar por entre los maderos y las planchas que flotaban esparcidas por la superficie, sin parar mientes en que pod&iacute;an aplastarla. Hundi&eacute;ndose en el agua y elev&aacute;ndose nuevamente, lleg&oacute; al fin al lugar donde se encontraba el pr&iacute;ncipe, el cual se hallaba casi al cabo de sus fuerzas; los brazos y piernas empezaban a entumec&eacute;rsele, sus bellos ojos se cerraban, y habr&iacute;a sucumbido sin la llegada de la sirenita, la cual sostuvo su cabeza fuera del agua y se abandon&oacute; al impulso de las olas.
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<title>Andersen, Hans Christian - La rosa m&aacute;s bella del mundo</title>
<link>http://www.noteolvido.com/modules.php?name=News&amp;file=article&amp;sid=125</link>
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Hans Christian Andersen

La rosa m&aacute;s bella del mundo


*************


&Eacute;rase una reina muy poderosa, en cuyo jard&iacute;n luc&iacute;an las flores m&aacute;s hermosas de cada estaci&oacute;n del a&ntilde;o. Ella prefer&iacute;a las rosas por encima de todas; por eso las ten&iacute;a de todas las variedades, desde el escaramujo de hojas verdes y olor de manzana hasta la m&aacute;s magn&iacute;fica rosa de Provenza. Crec&iacute;an pegadas al muro del palacio, se enroscaban en las columnas y los marcos de las ventanas y, penetrando en las galer&iacute;as, se extend&iacute;an por los techos de los salones, con gran variedad de colores, formas y perfumes.
Pero en el palacio moraban la tristeza y la aflicci&oacute;n. La Reina yac&iacute;a enferma en su lecho, y los m&eacute;dicos dec&iacute;an que iba a morir.
- Hay un medio de salvarla, sin embargo -afirm&oacute; el m&aacute;s sabio de ellos-. Traedle la rosa m&aacute;s espl&eacute;ndida del mundo, la que sea expresi&oacute;n del amor puro y m&aacute;s sublime. Si puede verla antes de que sus ojos se cierren, no morir&aacute;.
Y ya ten&eacute;is a viejos y j&oacute;venes acudiendo, de cerca y de lejos, con rosas, las m&aacute;s bellas que crec&iacute;an en todos los jardines; pero ninguna era la requerida. La flor milagrosa ten&iacute;a que proceder del jard&iacute;n del amor; pero incluso en &eacute;l, &iquest;qu&eacute; rosa era expresi&oacute;n del amor m&aacute;s puro y sublime?
Los poetas cantaron las rosas m&aacute;s hermosas del mundo, y cada uno celebraba la suya. Y el mensaje corri&oacute; por todo el pa&iacute;s, a cada coraz&oacute;n en que el amor palpitaba; corri&oacute; el mensaje y lleg&oacute; a gentes de todas las edades y clases sociales.
- Nadie ha mencionado a&uacute;n la flor -afirmaba el sabio. Nadie ha designado el lugar donde florece en toda su magnificencia. No son las rosas de la tumba de Romeo y Julieta o de la Walburg, a pesar de que su aroma se exhalar&aacute; siempre en leyendas y canciones; ni son las rosas que brotaron de las lanzas ensangrentadas de Winkelried, de la sangre sagrada que mana del pecho del h&eacute;roe que muere por la patria, aunque no hay muerte m&aacute;s dulce ni rosa m&aacute;s roja que aquella sangre. Ni es tampoco aquella flor maravillosa para cuidar la cual el hombre sacrifica su vida velando de d&iacute;a y de noche en la sencilla habitaci&oacute;n: la rosa m&aacute;gica de la Ciencia.
- Yo s&eacute; d&oacute;nde florece -dijo una madre feliz, que se present&oacute; con su hijito a la cabecera de la Reina-. S&eacute; d&oacute;nde se encuentra la rosa m&aacute;s preciosa del mundo, la que es expresi&oacute;n del amor m&aacute;s puro y sublime. Florece en las rojas mejillas de mi dulce hijito cuando, restaurado por el sue&ntilde;o, abre los ojos y me sonr&iacute;e con todo su amor.
Bella es esa rosa -contest&oacute; el sabio pero hay otra m&aacute;s bella todav&iacute;a.
- &iexcl;S&iacute;, otra mucho m&aacute;s bella! -dijo una de las mujeres-. La he visto; no existe ninguna que sea m&aacute;s noble y m&aacute;s santa. Pero era p&aacute;lida como los p&eacute;talos de la rosa de t&eacute;. En las mejillas de la Reina la vi. La Reina se hab&iacute;a quitado la real corona, y en las largas y dolorosas noches sosten&iacute;a a su hijo enfermo, llorando, bes&aacute;ndolo y rogando a Dios por &eacute;l, como s&oacute;lo una madre ruega a la hora de la angustia.
- Santa y maravillosa es la rosa blanca de la tristeza en su poder, pero tampoco es la requerida.
- No; la rosa m&aacute;s incomparable la vi ante el altar del Se&ntilde;or -afirm&oacute; el anciano y piadoso obispo-. La vi brillar como si reflejara el rostro de un &aacute;ngel. Las doncellas se acercaban a la sagrada mesa, renovaban el pacto de alianza de su bautismo, y en sus rostros lozanos se encend&iacute;an unas rosas y palidec&iacute;an otras. Hab&iacute;a entre ellas una muchachita que, henchida de amor y pureza, elevaba su alma a Dios: era la expresi&oacute;n del amor m&aacute;s puro y m&aacute;s sublime.
- &iexcl;Bendita sea! -exclam&oacute; el sabio-, mas ninguno ha nombrado a&uacute;n la rosa m&aacute;s bella del mundo.
En esto entr&oacute; en la habitaci&oacute;n un ni&ntilde;o, el hijito de la Reina; hab&iacute;a l&aacute;grimas en sus ojos y en sus mejillas, y tra&iacute;a un gran libro abierto, encuadernado en terciopelo, con grandes broches de plata. 
- &iexcl;Madre! -dijo el ni&ntilde;o-. &iexcl;Oye lo que acabo de leer! -. Y, sent&aacute;ndose junto a la cama, se puso a leer acerca de Aqu&eacute;l que se hab&iacute;a sacrificado en la cruz para salvar a los hombres y a las generaciones que no hab&iacute;an nacido.
- &iexcl;Amor m&aacute;s sublime no existe!
Encendi&oacute;se un brillo rosado en las mejillas de la Reina, sus ojos se agrandaron y resplandecieron, pues vio que de las hojas de aquel libro sal&iacute;a la rosa m&aacute;s espl&eacute;ndida del mundo, la imagen de la rosa que, de la sangre de Cristo, brot&oacute; del &aacute;rbol de la Cruz.
- &iexcl;Ya la veo! -exclam&oacute;-. Jam&aacute;s morir&aacute; quien contemple esta rosa, la m&aacute;s bella del mundo.
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<title>Andersen, Hans Christian - La princesa y el fr&iacute;jol</title>
<link>http://www.noteolvido.com/modules.php?name=News&amp;file=article&amp;sid=124</link>
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Hans Christian Andersen 
  
LA PRINCESA Y EL FR&Iacute;JOL
  
  


*************


Hab&iacute;a una vez un pr&iacute;ncipe que quer&iacute;a casarse con una princesa, pero que no se contentaba sino con una princesa de verdad. De modo que se dedic&oacute; a buscarla por el mundo entero, aunque in&uacute;tilmente, ya que a todas las que le presentaban les hallaba alg&uacute;n defecto. Princesas hab&iacute;a muchas, pero nunca pod&iacute;a estar seguro de que lo fuesen de veras: siempre hab&iacute;a en ellas algo que no acababa de estar bien. As&iacute; que regres&oacute; a casa lleno de sentimiento, pues &iexcl;deseaba tanto una verdadera princesa! 
Cierta noche se desat&oacute; una tormenta terrible. Menudeaban los rayos y los truenos y la lluvia ca&iacute;a a c&aacute;ntaros &iexcl;aquello era espantoso! De pronto tocaron a la puerta de la ciudad, y el viejo rey fue a abrir en persona. 
En el umbral hab&iacute;a una princesa. Pero, &iexcl;santo cielo, c&oacute;mo se hab&iacute;a puesto con el mal tiempo y la lluvia! El agua le chorreaba por el pelo y las ropas, se le colaba en los zapatos y le volv&iacute;a a salir por los talones. A pesar de esto, ella insist&iacute;a en que era una princesa real y verdadera. 
&quot;Bueno, eso lo sabremos muy pronto&quot;, pens&oacute; la vieja reina. 
Y, sin decir una palabra, se fue a su cuarto, quit&oacute; toda la ropa de la cama y puso un frijol sobre el bastidor; luego coloc&oacute; veinte colchones sobre el fr&iacute;jol, y encima de ellos, veinte almohadones hechos con las plumas m&aacute;s suaves que uno pueda imaginarse. All&iacute; tendr&iacute;a que dormir toda la noche la princesa. 
A la ma&ntilde;ana siguiente le preguntaron c&oacute;mo hab&iacute;a dormido. 
-&iexcl;Oh, terriblemente mal! -dijo la princesa-. Apenas pude cerrar los ojos en toda la noche. &iexcl;Vaya usted a saber lo que hab&iacute;a en esa cama! Me acost&eacute; sobre algo tan duro que amanec&iacute; llena de cardenales por todas partes. &iexcl;Fue sencillamente horrible! 
Oyendo esto, todos comprendieron enseguida que se trataba de una verdadera princesa, ya que hab&iacute;a sentido el fr&iacute;jol nada menos que a trav&eacute;s de los veinte colchones y los veinte almohadones. S&oacute;lo una princesa pod&iacute;a tener una piel tan delicada. 
Y as&iacute; el pr&iacute;ncipe se cas&oacute; con ella, seguro de que la suya era toda una princesa. 
Y el fr&iacute;jol fue enviado a un museo, donde se le puede ver todav&iacute;a, a no ser que alguien se lo haya robado. 
Vaya, &eacute;ste s&iacute; que fue todo un cuento, &iquest;verdad? 
  

  
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