Un periodista anciano, sintiéndose morir, llamó a mi padre al lecho de muerte. Yo le acompañé y mandó salirse de su dormitorio a todos sus parientes.
-Joaquín -le dijo- acércame un espejo y pónmelo delante de la cara.
Mi padre así lo hizo.
-Sabes, es que quiero ver la cara que tengo de muerto.
Y así murió aquel senequista con su rostro de cadáver impreso en sus ojos azules.
Joaquín Mateo Blanco