Va pensiero
Fecha Thursday, 01 January a las 00:59:59
Tema Lugares


Sí, soñé una vez que me extraviaba en una ciudad donde parecen nacer todas las grietas, como venas azuladas en las manos de un anciano. Caminé extrañado por sus calles recoletas, entre piedras centenarias, junto a cruces que parecen hitos del camino pero emboscan antiguos tajos de verdugo, calvarios para ejecuciones públicas en plazas de comercio y de mercado.
Me extravié en el extravío, contemplando uno por uno los cristales que filtraban la luz delgada del invierno en un templo de alta bóveda, parco en imágenes fruncidoras de ceño en su hornacina, excesivo en pequeños sortilegios de esquina guiñadora y recoleta.
Acaricié los pulidos contornos de los rostros de obispos muertos, y de abades muertos, y de reyes también muertos en el alba de los cetros, reyes solemnes y recios reunidos por docenas en sus pesados sepulcros bajo un techo de años y calendarios, de tareas repetidas entre meses de penuria, décadas de lucha y siglos de grandeza.
Me dejé deslumbrar por la fiera integridad de unas lineas platerescas, cargada de medallones con los rostros de unos hombres que no dejaron su nombre pero dejaron su impronta, avancé por las iglesias calladas, con cristos dedicados a pretéritas victorias, con galeras ajadas colgadas de los techos como ofrenda jubilosa del padre ebanista que agradeció de ese modo el regreso de su hijo en los días de Lepanto.
Pronuncié en voz baja los nombres de las calles, las palabras que en vano trataban de invocar oficios gastados por los años y el progreso. Azabachería, varillas, plateros, curtidores....
Pero todo seguía siendo extraño. Busque en los rostros de la gente el refrendo de mi memoria impotente y no pude encontrar mi rastro en los ceños serios de los pastores watusi y los gigantescos ibos. No pude encontrar la huella de mi infancia en las bocas sonrientes de los nómadas saharianos, ni en los turcos bigotudos, ni en las frentes abultadas por el tiempo y la memoria de los chaparros andinos. No logré reconocer mis pasos de antaño en los ojos rasgados de ancestrales dinastías, ni en las blancas túnicas de los ancianos nubios, ni en la ropa colorista y contoneada por caderas rozagantes de las nuevas sherezades.
Entonces supe que estaba perdido para siempre, porque la ciudad me era ajena.
Y me desperté llorando.
Como Boabdil.

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